La llegada de los Solís no fue sutil. Una flota de cinco sedanes negros, con los cristales tintados y una presencia imponente que hacía que el Mercedes de Alejandro pareciera modesto, se deslizó por el camino de entrada de la mansión De la Vega. Se detuvieron en una formación perfecta frente a la entrada principal.
Las puertas se abrieron al unísono, y de ellas descendieron Fernando Solís Vega, Fabián y sus otros dos hijos. No esperaron a ser anunciados. Entraron en la casa como una fuerza de la naturaleza, una dinastía venida a reclamar lo que era suyo.
Encontraron a los De la Vega exactamente como Natalia los había dejado: paralizados por el shock en medio de su sala de estar. Fernando Solís ignoró por completo al anfitrión, Ricardo, cuya boca estaba entreabierta por la sorpresa. Sus ojos, cargados con el peso de dieciocho años de búsqueda, recorrieron la habitación y se posaron en Natalia, que se había detenido cerca de la puerta.
El mundo pareció encogerse hasta que solo quedaron ellos dos en la habitación.
—Padre —dijo Fabián en voz baja, dando un paso adelante. Llevaba en la mano una tablet, en cuya pantalla se mostraba la fotografía encontrada en la casita de San Miguel de las Rocas—. Es ella. Los investigadores lo han confirmado. La mujer que la crio, "Elena", era la mejor amiga de mamá desde la infancia, juró protegerla. La bebé de la foto es nuestra hermana.
Fernando Solís no necesitaba más pruebas. La verdad estaba escrita en el rostro de Natalia, en la forma de sus ojos, en la curva de sus labios, un eco viviente de su esposa perdida.
Se acercó a ella lentamente, cada paso cubriendo una distancia de años. Los De la Vega observaban, meros espectadores de un drama que los superaba por completo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renací para Destruirlos: De Heredera Asesinada a Pesadilla de mi Familia