La salida de la mansión De la Vega fue tan silenciosa como una procesión fúnebre. Fernando Solís Vega caminaba al lado de Aurora, con una mano protectora en su espalda, como si temiera que pudiera desvanecerse. Fabián y sus hermanos los seguían, formando una barrera infranqueable contra el mundo que dejaban atrás. Nadie se despidió. Los De la Vega —Ricardo, Carmen, Mateo y Leonardo— se quedaron petrificados en su lujosa sala de estar, reducidos a meros espectadores, fantasmas en la casa que hasta hacía unas horas habían considerado suya.
El viaje a la residencia Solís se desarrolló en un silencio denso y cargado de emociones. Aurora estaba sentada en el espacioso interior de un Rolls-Royce, entre Fernando y Fabián. No era un silencio incómodo, sino uno reverencial, el silencio de quienes han encontrado algo tan precioso que temen romperlo con palabras. Fernando no la soltaba de la mano, sus dedos aferrando los de ella con una mezcla de fuerza y ternura, como si estuviera recuperando dieciocho años de ausencia en ese simple contacto.
—Tenías los mismos ojos que tu madre —susurró él, rompiendo el hechizo. Su voz, normalmente un trueno en las salas de juntas, era apenas un murmullo—. Unos ojos que veían el mundo y lo sentían todo.
Fabián añadió con suavidad:
—Mamá siempre decía que su mayor obra de arte sería su hija. Tenía razón.

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