La noticia de la toma de control de Aurora sacudió los cimientos de la mansión De la Vega, pero Isabela se aferró a su última arma: la lástima. Continuó su actuación como la hija moribunda, convencida de que, ante la tragedia, incluso la fría Aurora tendría que ceder.
Fue un error de cálculo fatal.
Esa tarde, Aurora entró en la habitación de Isabela. No iba sola. La acompañaban Alejandro y un hombre de mediana edad con un maletín y una expresión de autoridad médica inconfundible.
—Isabela —dijo Aurora con una calma escalofriante—. La familia está muy preocupada por tu... condición. Hemos traído al Dr. Cárdenas, jefe de oncología del Hospital Ángeles, para una segunda opinión.
Isabela sintió una punzada de pánico.
—No es necesario, mi médico ya...
—Insistimos —dijo Alejandro, su voz no dejando lugar a la discusión.
El Dr. Cárdenas fue profesional y rápido. Realizó un breve examen, revisó los informes falsificados que Isabela le entregó y frunció el ceño. Sacó una pequeña jeringa de su maletín.
—Solo una muestra de sangre para confirmar los marcadores —dijo con naturalidad.
—¡No! —gritó Isabela, retrocediendo—. ¡Odio las agujas!

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