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Renací para Destruirlos: De Heredera Asesinada a Pesadilla de mi Familia romance Capítulo 376

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La mansión De la Vega se había transformado en un mausoleo. El lujo que antes era un símbolo de estatus ahora se sentía hueco, una cáscara vacía que resonaba con el eco de las mentiras. Aurora, ahora dueña de la propiedad, había dado una sola instrucción antes de marcharse con los Solís: la familia podía quedarse, por ahora. Era un acto de misericordia que se sentía más como una tortura. Eran prisioneros en su propia jaula dorada.

Ricardo pasaba los días encerrado en su estudio, pero ya no trabajaba. Se limitaba a mirar por la ventana, viendo cómo un mundo que había gobernado ahora le daba la espalda. Las llamadas de negocios habían cesado. Los amigos habían desaparecido. Se había convertido en un paria, y lo peor era que su carcelero era el fantasma de la hija que había despreciado. Intentó llamar a Aurora varias veces, no para disculparse como padre, sino para posicionarse como un activo, para ofrecer su conocimiento del Grupo De la Vega. Quería demostrar que todavía era útil. Las llamadas nunca fueron respondidas.

Carmen deambulaba por los pasillos como un alma en pena. La revelación de la mentira de Isabela había sido la traición final, un veneno que había necrosado las raíces de su amor. Ya no sentía afecto, solo una vergüenza corrosiva. Evitaba a todos, especialmente a sus hijos, en cuyos rostros veía el reflejo de su propio fracaso. Pasaba horas en la antigua habitación de Isabela, ahora vacía, tocando los objetos que quedaban, no con nostalgia, sino como un penitente que se autoflagela con los instrumentos de su pecado. Su exilio no era físico; era un laberinto de culpa del que no tenía escapatoria.

Mateo y Leonardo vivían en un estado de negación aturdida. Sus identidades como herederos privilegiados se habían evaporado. El respeto que antes recibían se había convertido en lástima o desdén en las pocas ocasiones en que se aventuraban a salir. Se aferraban el uno al otro, culpando a Aurora, a sus padres, a Isabela, a cualquiera menos a sí mismos por su ceguera voluntaria. Santiago intentó hablar con ellos una tarde.

—Esto no tiene por qué ser el final —les dijo, su voz desprovista de rencor—. Aurora es justa. Hay un camino de vuelta, pero empieza con el trabajo, con la humildad.

Pero ellos no estaban listos para escuchar. La humildad era un idioma extranjero que aún no querían aprender.

Mientras tanto, en el piso de arriba, Isabela vivía su propia versión del infierno. La puerta de su habitación estaba cerrada con llave desde fuera. Le dejaban bandejas de comida en el suelo, como a un animal. Estaba completamente aislada, abandonada por la madre que la había adorado y por los hermanos que la habían defendido. En la soledad, su mente se convirtió en un caldero de odio. El miedo inicial se había transformado en una rabia pura y concentrada. Lo había perdido todo. Y cuando una persona no tiene nada que perder, se vuelve impredecible. Se vuelve peligrosa. Sabía que le quedaba una última jugada, un acto final que no buscaba la victoria, sino la destrucción mutua.

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