El primer día de Aurora al frente del Grupo De la Vega fue recibido con una mezcla de terror y fascinación en la sede corporativa. Los empleados se alineaban en los pasillos, susurrando mientras ella pasaba, una figura elegante y serena flanqueada por la imponente presencia de Santiago. Esperaban una purga, la venganza de la heredera despojada.
En la sala de juntas, Ricardo se vio obligado a hacer la presentación más humillante de su vida.
—Damas y caballeros —dijo, su voz apenas un hilo—, les presento a la nueva accionista mayoritaria y presidenta del consejo, mi... la señorita Aurora Solís.
Aurora no sonrió. Su mirada recorrió a cada uno de los directivos, evaluándolos con una inteligencia penetrante. No habló de despidos ni de venganza. En su lugar, proyectó en la pantalla un plan.
—El Grupo De la Vega está estancado —comenzó, su voz llenando la sala con una autoridad natural—. Se ha basado en conexiones frágiles y en una reputación que, como hemos visto recientemente, es volátil. Eso se acaba hoy.
Lo que siguió fue una clase magistral de estrategia. Anunció una auditoría completa, dirigida por un equipo de Montenegro Corp, para limpiar las "irregularidades" financieras. Trazó un nuevo plan de negocio centrado en la innovación y la expansión a mercados internacionales, utilizando las conexiones de la familia Solís.

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