—No está sucio, pasa—. Vanessa soltó un suspiro resignado, tomó la mano de Ximena y la jaló suavemente hacia dentro de la habitación.
Fue entonces cuando Ximena pudo ver, por fin y por completo, cómo era el cuarto de Vanessa.
Sus ojos se llenaron de una mezcla de asombro y envidia sincera.
—Vane, tu cuarto está precioso—, murmuró, casi sin poder creerlo.
En la familia Pérez, ella nunca había tenido su propio espacio. Todo el año tenía que dormir en el sillón del cuarto de estar, y su ropa y cosas personales siempre estaban guardadas en bolsas de tela apiladas en un rincón, para poder encontrarlas rápido cuando hiciera falta.
El cuarto de Vanessa era como el sueño de cualquier niña: enorme, lleno de luz, decorado con muebles bonitos, un escritorio elegante, un sillón para relajarse y toda clase de detalles que parecían salidos de una telenovela de princesas. Todo tan bien puesto que hasta el baño privado de Vanessa era más grande que el espacio donde vivía la familia Pérez completa.
—No es para tanto—, soltó Vanessa, restándole importancia. Cuando recién volvió con la familia Leyva, Vanessa sólo podía usar un cuarto de invitados, pero después Emilio insistió en cederle su propio dormitorio y hasta lo mandó remodelar para que quedara justo como estaba ahora.
Después de que Ximena terminó de bañarse y ponerse cómoda, las dos se recostaron juntas en la cama amplia y mullida.
—Vane, tu cama huele delicioso—, dijo Ximena, aspirando ese aroma floral que flotaba en el aire y le daba ganas de quedarse ahí para siempre.
—¿Sí? Debe ser el suavizante de la ropa—, contestó Vanessa, metiendo la cabeza entre las sábanas y aspirando también como si fuera lo más normal del mundo.
Las dos se miraron y se soltaron una carcajada cómplice, como si de repente todo el peso del día se hubiera esfumado.
Después de bromear un poco, a Ximena se le fue pasando la tristeza.
Entonces, se animó a contarle a Vanessa todo lo que le pasaba en su casa.
Vanessa la escuchó sin interrumpir, pero por dentro la rabia le hervía como agua en olla de presión.
Pensó un momento y, de pronto, le preguntó:
—Ximena, ¿alguna vez has pensado en dejar a tus papás atrás?
Hubo un silencio denso y largo antes de que Ximena respondiera, con la voz firme y los ojos llenos de decisión:
—Sí. El día que me vendieron como si fuera mercancía al hijo del casero, en mi corazón dejaron de ser mis papás.
Vanessa guardó silencio. Pasó un rato, y de repente cambió de tema:
—Ximena, ¿te gustaría ser actriz?

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