A Alonso se le revolvía el estómago solo de pensar en su nieta rebelde.
Esta muchacha, en vez de aplicarse en los estudios a su corta edad, prefería andar de la mano con los vagos que se juntaban afuera de la escuela.
Hace poco hasta se atrevió a pintarse el cabello de rojo. Si no fuera porque hoy era su fiesta de cumpleaños y le exigió que usara peluca, seguro la muchacha habría llegado luciendo esa melena encendida, y entonces sí, él habría sido el hazmerreír de todo el pueblo.
Alonso giró la cabeza y le echó una mirada de desilusión a su nieta, suspirando con ese aire de “ya no sé qué hacer contigo”. Con voz dura, soltó:
—Estrella, deberías aprenderle algo a Patricia. Mírala, ella es responsable y siempre se esfuerza. Si tuvieras la mitad de sus ganas, no estarías preocupada por el examen de ingreso a la universidad.
Estrella y Patricia asistían al Colegio Sagrado Corazón. Una era la número uno de su generación, la otra, la última. Y Alonso jamás perdía la oportunidad de compararlas.
Palabras como esas, Estrella las escuchaba desde que tenía memoria. Ya hasta sentía que le habían hecho callo en los oídos.
Pero Alonso ya estaba grande y su salud no era la mejor. No podía darse el lujo de disgustarse. Así que Estrella, fingiendo aguantar, le echó una mirada fulminante a Patricia y respondió entre dientes:
—Sí, sí, sí.
Después, Patricia se dedicó a halagar a Alonso con gracia, logrando que el viejo se pusiera de buen humor. El salón se llenó del eco de su risa fuerte y contagiosa.
Durante todo ese tiempo, Alonso ni siquiera miró a Vanessa, que estaba de pie junto a Guillermo, como si ella no existiera.
A Vanessa eso no le molestaba. Se mantenía tranquila, casi invisible, disfrutando del papel de espectadora.
Cuando Alonso y Patricia terminaron su plática, Guillermo por fin encontró la oportunidad. Se adelantó y presentó a Vanessa:
—Alonso, te presento a mi nieta, Vanessa Leyva. Es hija de Emilio.
—Así que eres hija de Emilio… He escuchado que nadie sabe bien quién fue tu mamá —Alonso alzó la vista por primera vez para ver a Vanessa, dejando claro su desprecio en cada palabra.
Apenas le faltó señalarla y decirle en voz alta que era la hija ilegítima de Emilio.
—Alonso, buenas tardes —saludó Vanessa, con su tono habitual, serena e imperturbable. Había sentido al instante el rechazo de ese hombre, así que su saludo fue tan seco como el trato que él le había dado.
Alonso frunció el ceño, visiblemente incómodo.
Los demás jóvenes, al verlo, por lo menos se dirigían a él como "señor Alonso". Pero esta muchacha, tan tranquila, solo le dijo "Alonso". Para él, eso era una falta de respeto imperdonable.

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