Guillermo siempre tuvo claro que, aunque su nieta era joven, tenía muy bien puesto el carácter: era de esas personas que jamás se dejan pisotear. Ya se imaginaba que ella no aguantaría humillaciones sin devolverlas, pero aun así, escucharla proponer que Alonso pagara por el espectáculo lo dejó con la boca abierta.
Pero Vanessa no se detuvo ahí. Mirando a Alonso, alzó ligeramente las cejas y soltó:
—Hoy en día, hasta para ver una obra en la plaza tienes que pagar varios miles de pesos. ¿Alonso quiere espectáculo gratis en su fiesta de cumpleaños y encima pretende lucirse? Qué chistoso, ¿no? Eso es aprovecharse descaradamente.
Su tono era tan directo que varios se miraron, sorprendidos.
Alonso se puso tan rojo que parecía que iba a ahogarse. Tosió varias veces y, de golpe, le dio una palmada a la mesa.
—¿No es dinero lo que quieres? Está bien, pago. Hoy aunque me cueste, quiero ver si la señorita Leyva tiene con qué presumir.
Se inclinó hacia ella, apretando los dientes.
—¿Cuánto quieres? Dilo de una vez.
Vanessa curvó los labios y en sus ojos apareció una chispa juguetona. Con una sonrisa de oreja a oreja, contestó:
—Nada del otro mundo, mira que por tratarse de una fiesta tan concurrida te haré precio especial: cinco millones de pesos, redondeando.
—¿Cinco millones? Eso es un abuso—, espetó Alonso, alzando la voz, la cara descompuesta por la rabia. Era la primera vez que veía a una chica de familia poderosa hablar de dinero con tanta soltura, y tan poco pudor.
Al ver que Alonso dudaba, Vanessa arqueó las cejas y lo picó todavía más:
—¿A poco la familia Barrera ya no puede juntar ni cinco millones? ¿Será que de verdad están tan mal?
Fingiendo sorpresa, se tapó la boca y, tras una pequeña pausa, remató:
—Ya me habían contado que los Barrera estaban en decadencia, que ya no era como antes. No creí que fuera cierto, pero mira nada más...
El tono de Vanessa era tan exagerado que cualquiera habría sentido el golpe.
Alonso no soportaba que nadie insinuara que su familia estaba en la ruina. Al escucharla, se le desfiguró la cara y reviró duro:
—¿Quién dijo que los Barrera estamos acabados?

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