Ese mismo día, Alejandro fue directo al hospital donde estaba internado Simón.
Buscó primero en la zona de habitaciones VIP, recorriéndolas de arriba abajo, pero Simón no aparecía por ningún lado. Finalmente, lo encontró tirado en una camilla improvisada en el pasillo de las habitaciones comunes, solo, abandonado. Simón pedía agua con voz débil, pero las enfermeras que iban y venían ni siquiera volteaban a verlo.
Al ver esa escena, a Alejandro se le hizo un nudo en la garganta y el coraje comenzó a hervirle por dentro. Sin pensarlo, agarró a un enfermero por el cuello de la camisa y lo estampó contra la pared.
—¿No ves o qué? Mi papá tiene sed, ¡está pidiendo agua! ¿Acaso no escuchas? —le soltó apretando la mandíbula.
—¿No se supone que un enfermero debe tener al menos un poco de sentido común? ¿Cuál es tu número de empleado? Te voy a denunciar. —El enojo le brotaba por los poros. Sacó el celular de la bolsa y marcó directo al director del hospital.
Pero la llamada simplemente no entraba. Nadie le contestó.
Alejandro empezó a sospechar lo peor. El color se le fue del rostro y su expresión se endureció todavía más.
El enfermero, al ver la escena, soltó una carcajada burlona.
—¿La familia Sánchez? Si ya están en la ruina, ¿qué te crees? ¿Todavía piensas que eres el señor Alejandro? ¿Que me vas a denunciar? Mira si a nuestro director le importa lo que digas. Y eso de atender a tu viejo, qué chiste, ¿acaso traes dinero? Porque si no pagas, aquí nadie te va a hacer caso.
Apenas terminó de hablar, el enfermero se zafó de Alejandro, se acomodó la camisa que había quedado arrugada y se fue.
Alejandro se quedó ahí, con la rabia a flor de piel, pero al final se tragó las ganas de pelear.
Sin decir una palabra más, fue al dispensador, llenó un vaso con agua y regresó para dárselo a su papá.
Después de asegurarse de que Simón bebiera, Alejandro fue directo a la caja del hospital y pagó todo lo que se debía: la cirugía y la hospitalización. Sin perder tiempo, arregló el traslado de su papá a otro hospital, también en una habitación común, pero donde al menos no lo dejarían tirado como si no valiera nada.
Para poder estar cerca y cuidar a Simón, Alejandro compró una cama plegable y se quedó a dormir en el hospital.
Así pasaron quince días, y ni un solo miembro más de la familia Sánchez fue a visitar a Simón.

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