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Rosas Renacidas con Espinas romance Capítulo 262

—Voy a la cocina, regreso en un momento.

Vanessa dejó esa frase en el aire y desapareció tras la puerta, rumbo a la cocina.

Ahora, en la sala, solo quedaban los dos hermanos.

Ambos se sentían incómodos. El ambiente tenía ese silencio tenso que se instala cuando nadie sabe qué decir ni para dónde mirar.

Emilio se aclaró la garganta, haciendo como si nada, y se sentó justo en el lugar donde Vanessa había estado momentos antes. Sus dedos tamborileaban con insistencia sobre el cojín de cuero del sofá, hasta que, tras un rato, decidió romper el hielo.

—A Vane le caes muy bien —comentó, tratando de sonar casual.

Al oír el nombre de Vanessa, los ojos de Francisco, que normalmente lucían tan indiferentes que parecía no importarle nada, por fin se iluminaron un poco.

—Por supuesto, soy su tío Francisco —asintió con orgullo, sacando pecho.

Verlo así dejó a Emilio un poco sorprendido. Siempre que veía a su hermano menor, sentía que era un tipo medio sombrío, como si la vida no le importara demasiado. Jamás lo había visto tan animado.

—Se nota que quieres mucho a Vane —añadió Emilio, notando ese cariño tan especial, que incluso parecía superar el que tenía por su propio hijo.

—Obvio —respondió Francisco sin pensarlo dos veces, y luego, mirando fijamente a Emilio, agregó—: Aunque seas su papá, si algún día te atreves a tratarla mal, no te sorprendas si me la llevo a vivir conmigo.

La serenidad de Emilio se fue al traste en cuanto escuchó la amenaza. Su expresión cambió de inmediato y le contestó, tajante:

—Ni lo sueñes. Vane es mi hija, así que más te vale que te olvides de esa idea.

Francisco resopló, irritado.

—Entonces más te vale que siempre la trates bien —le espetó, con voz dura.

Apenas habían intercambiado un par de frases y ya se sentía la chispa lista para encender una pelea. Era obvio que no se tragaban el uno al otro y, por eso mismo, dejaron de hablarse durante un rato.

El silencio se extendió hasta que, finalmente, Francisco habló, aunque con tono reacio, casi obligado:

—Sobre lo que pasó antes... acepto que fue mi error. Si quieres que te compense de alguna manera, dime qué necesitas.

Pensándolo un poco, añadió:

—Sé que la última vez me dejaste ganar a propósito.

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