Por mil pesos, Héctor terminó cediendo.
Al salir del aula, apretó los puños con fuerza, incapaz de ocultar la rabia que le hervía en el pecho. Corrió hasta la zona norte de la ciudad, recorriendo toda una calle en busca de la dichosa cafetería, solo para descubrir que no existía nada por el estilo. Sentía cómo la frustración le subía por la garganta, como si pudiera explotar en cualquier momento. En ese instante, deseó con todas sus fuerzas poder partir en pedazos a quienes le habían jugado aquella broma. Pero, en cuanto ese impulso lo invadió, su cara perdió todo el color.
Antes... él mismo había hecho exactamente lo mismo con Vane. No pudo evitar que ese recuerdo le calara hasta los huesos.
...
Al llegar a tercer año de bachillerato, la carga de exámenes y tareas aumentó de manera abrumadora. Para prepararlos mejor rumbo al examen de ingreso universitario, la escuela impuso una hora extra de clase por las noches. El ambiente era una olla de presión: los estudiantes solo tenían tiempo para comer, dormir y resolver ejercicios. En medio de ese ritmo agotador, Vanessa conservaba una tranquilidad que parecía de otro mundo. Ni siquiera asistía a la clase nocturna adicional impuesta por la escuela.
Los profesores solían tener concesiones con los mejores alumnos, así que Vanessa se convirtió en la única de su generación que podía saltarse esa última clase. La noticia no tardó en recorrer todo el Colegio Nueva Alameda. Detrás de su espalda, muchos decían que era una presumida, que tarde o temprano iba a bajar sus notas por confiarse tanto.
Pero pronto Vanessa les cerró la boca con los resultados de la primera evaluación mensual.
Al ver las listas, más de uno no pudo evitar suspirar.
—Ya ves, quien es genio, es genio. Aunque falte a una clase diaria, a ella nada la afecta. Si tiene que estar en primer lugar, ahí sigue.
Después de esa evaluación, los que criticaban su ausencia en la última clase nocturna se quedaron callados como si les hubieran puesto cinta en la boca.
El viernes en la noche tocó una vez más la reunión familiar de los Leyva.
Desde el último conflicto que Francisco provocó con el Grupo Leyva, no había vuelto a poner un pie en la casa. Por eso, a Vanessa le sorprendió verlo esa noche, sentado en la sala de la mansión.
Francisco, al notar la presencia de Vanessa, bajó la mirada, incómodo. Recordó las cosas que había hecho, y la actitud distante de Vanessa la última vez que coincidieron en el Grupo Leyva. Ahora, se sentía incapaz de enfrentar a su sobrina.
Mientras él luchaba por no cruzar su mirada y tragaba saliva, Vanessa se acercó a paso seguro.
Francisco se quedó estático, y en ese mismo instante, escuchó la voz clara de la joven.
—Tío Francisco.
Vanessa le dedicó una sonrisa ligera y se acomodó sin problemas en el sofá frente a él, como si nada hubiera pasado.
Francisco tardó un segundo en reaccionar. Dudoso, preguntó:

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