En la pantalla gigante, lo que se veía era la escena de las cinco en punto. A esa hora, ni los papás ni todos los estudiantes habían llegado todavía, así que en el salón la gente iba entrando y saliendo poco a poco.
Hasta ese momento, no había pasado nada raro. Todo cambió cuando el video llegó a las cinco con diez. De repente, se vio a alguien acercándose con cautela al lugar donde estaba sentada Vanessa, como si no quisiera que nadie la notara.
La persona miró a la izquierda y a la derecha, asegurándose de que no hubiera testigos. Entonces, se acercó a la mochila de Vanessa y sacó algo, aunque en el video no se veía bien qué era. Luego, se marchó deprisa, claramente nerviosa.
Al irse, la persona volteó a ver hacia atrás, y esa mirada bastó para que todos en la sala pudieran identificar su cara.
—Celeste... Con razón era la que más gritaba hace rato, ¡resulta que fue ella la que robó! —se escuchó entre murmullos.
—Siempre parece tan frágil y calladita, pero mira nada más, en el fondo es una ladrona.
—Nunca ha sido una santa, ¿ya se les olvidó que antes le echó la culpa a Vanessa de empujarla por las escaleras?
—No lo puedo creer, qué coraje... Menos mal que Vanessa es tan capaz. Si a cualquier otra le hubieran robado los papeles justo antes de dar su discurso, seguro la habrían dejado en ridículo. Hasta podría haberle quedado un trauma.
—¡Qué mala persona! No entiendo cómo nunca me di cuenta de lo que era capaz Celeste.
—Desde que la familia Sánchez quebró, ni siquiera reconoce al hermano con el que creció. Es una malagradecida. Y Héctor siempre fue tan bueno con ella, todos lo vimos.
...
En ese momento, todas las miradas se clavaron en el lugar donde estaba sentada la familia de Celeste. No faltaba quien murmurara insultos y críticas sin parar.
Abajo del escenario, Celeste tenía la cara descompuesta, como si se la estuviera tragando la tierra.
Isabella frunció el ceño, se cubrió el rostro con el bolso y murmuró en voz baja:
—Celeste, esta vez sí que fuiste muy descuidada.
Maximiliano tampoco podía disimular su disgusto. Jamás habría imaginado que después de regresar al país, justo cuando debía lucirse, le tocaría vivir semejante vergüenza. Sintió que su reputación se iba por el caño.

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