La nuez de Ezequías Solís subía y bajaba con fuerza mientras apartaba bruscamente la mano con la que Vanessa lo tenía sujeto. Habló con una voz tan cortante como el hielo:
—Reynaldo es de Sofía. Más te vale no meterte con ella o no te la vas a acabar conmigo.
Qué buen perro guardián, lástima que es de Sofía Flores.
Vanessa soltó un suspiro, encogiéndose de hombros como si nada le importara. Su voz sonó perezosa, casi burlona:
—¿Y cómo piensas hacerme la vida imposible? ¿Vas a seguir molestándome?
Ezequías le contestó con dureza:
—¿Y si sí? Soy el instructor, tengo mil maneras de ponerte en tu lugar. Si te atreves a competir con Sofía, te juro que te haré la vida de cuadritos, y ni así me vas a detener.
—¿Hacerme la vida de cuadritos? —Vanessa repitió sus palabras con aire divertido, y de pronto empezó a reír—. ¿Y si te digo que, escuchándote así, hasta me animas un poco?
—Estás loca —soltó Ezequías, incapaz de entender a qué clase de persona se enfrentaba. Su cara reflejaba una mezcla de disgusto y desconcierto.
Apenas terminó de hablar, salió prácticamente huyendo.
En cuanto Ezequías se marchó, la expresión de Vanessa cambió por completo. Su sonrisa se borró y los labios se le relajaron.
En su vida pasada, había ocultado su identidad y llevado una relación de diez años con Marcelo Flores, y los amigos de Marcelo no dejaron de fastidiarla ni un solo día.
Ahora, era su turno de jugar con ellos.
Esa noche, la luna sobre Santa Rosa del Valle brillaba con una claridad especial. Vanessa alzó la mirada al cielo, y de repente pensó en Emilio Leyva.
¿Quién sabe cómo habrá estado su día? ¿Seguiría trabajando hasta tarde?
Apenas tenía un día sin verlo, y ya empezaba a extrañarlo más de lo que quería admitir.
Una sombra de melancolía le cruzó los ojos.
En ese momento, el sonido de un celular la sacó de sus pensamientos.
El tono no era el suyo. Vanessa se giró y, sin esperarlo, se topó de frente con una mirada cálida.
A esa hora ya casi no quedaba nadie por ahí. Reynaldo había aparecido tan silenciosamente que casi le saca un susto. Vanessa retrocedió un paso, sorprendida:
—¿Tú... has estado aquí todo este rato?
—Claro —respondió Reynaldo con una sonrisa tranquila, sin molestarse en negarlo.

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