En los días siguientes, todo el equipo se despertaba cada mañana solo para sumergirse en un auténtico infierno de entrenamiento. Desde el amanecer hasta la noche, no había un respiro más allá de la hora de comer o dormir.
Cuando apenas comenzaban a acostumbrarse al ritmo demencial que Vanessa les imponía, ella decidió que eso no era suficiente y subió aún más la intensidad.
El entrenamiento que tocaba ahora era una verdadera tortura: arrastrarse por el lodo. Todos avanzaban con esfuerzo, chapoteando en el fango, los rostros tensos y las expresiones distorsionadas por el cansancio.
Vanessa, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada dura, recorría el lugar con la vista.
—No es suficiente, van muy lento.
—¡Muévanse! ¡Más rápido!
Cuando Ezequías pasó cerca de ella, Vanessa no dudó en lanzarle una patada directa al trasero.
—¿No desayunaste o qué? ¿Eso es todo lo que puedes hacer? —soltó, con una mueca burlona.
Desde que Ezequías había entrado al Comando Cóndor, sus resultados en los entrenamientos siempre habían sido los mejores. Era el orgullo de los instructores, siempre elogiado y nunca reprendido.
Pero esta vez, por primera vez, lo estaban humillando. Y encima, le patearon el trasero.
Ezequías quedó tirado en el lodo, con el orgullo herido y los ojos encendidos de rabia. Se quedó mirando a Vanessa, como si quisiera fulminarla con la mirada.
—Vas a ver, cuando termine este entrenamiento te vas a arrepentir —le espetó, tragándose el coraje.
Puras amenazas, pura boca, pensó Vanessa. Ella solo se encogió de hombros y sonrió con desdén. Luego, sin ningún pudor, le plantó el pie en la cara y hasta presionó con fuerza.
—Ándale, aquí te espero.
Ese orgullo suyo necesitaba una buena sacudida.
En lo que siguió del día, Vanessa no dejó de buscarle defectos a Ezequías. Cada rato lo insultaba, a veces hasta lo empujaba o le ponía el pie encima, como si quisiese aplastar su dignidad. Todos en el equipo se dieron cuenta de que Vanessa lo tenía de punto y pensaron que Ezequías debía odiarla con todo su ser.
Pero solo Ezequías sabía que no era así.
En el fondo, le molestaba que esa chica se burlara de él y lo tratara como un cualquiera. Pero, por extraño que pareciera, también sentía una emoción rara, como si algo dentro de sí se encendiera. No podía odiarla, ni aunque quisiera.
—De plano, estás bien mal, Ezequías —se dijo para sí—. Qué patético eres.
Todos creían que Vanessa solo podía torturarlos con entrenamientos extremos. Pero unos días después, ella sorprendió a todos al detener la rutina.

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