—Qué rápido se movió, ni siquiera alcancé a ver cómo le pegó a Ezequías.
—No fue solo la velocidad, ¿no notaron que estuvo haciéndole fintas todo el tiempo para confundirlo?
—Esta chava sí que es bien astuta.
...
Aunque todos seguían murmurando, sabían bien que esta ronda la había ganado Vanessa.
—Va, te salió bien esta vez —admitió uno de los chicos—. Ahora vamos a ver quién es mejor disparando. Len, tú eres el mejor tirador, compite con ella.
Un muchacho llamado Len se adelantó y guio a Vanessa hasta el campo de tiro.
Len le echó una mirada a Vanessa, sintiéndose un poco culpable, como si fuera abusivo competir con alguien así. Cuando ya estaban listos, vaciló un poco y preguntó:
—¿Quieres ir primero?
—No hace falta —respondió Vanessa, cortante.
Len no insistió. Se acomodó, apuntó al blanco y disparó tres veces seguidas. Las tres balas atravesaron exactamente el centro.
Un murmullo de asombro recorrió al grupo.
—Diez puntos, no inventes.
—Len, eres nuestro orgullo.
Ezequías miró a Vanessa y medio sonrió.
—¿Ves? Len ya ganó.
Qué fastidio, solo de verlo me da coraje, pensó Vanessa.
Sin paciencia, apartó a Ezequías de un empujón.
—Hazte a un lado, que aquí nadie tiene idea de nada. Así que pongan atención.
En ese momento, uno de los que estaba detrás de Ezequías dio un paso adelante, miró a Vanessa con una sonrisa burlona y preguntó:
—Señorita Leyva, ¿alguna vez has agarrado una pistola?
Se rio con burla.
—¿Sabes armarla? ¿O quieres que te enseñemos aquí mismo?
Vanessa ni siquiera lo volteó a ver. Solo se rio por lo bajo y armó la pistola con una facilidad que dejó a todos boquiabiertos.
Luego, sin mirar, localizó la posición del blanco a sus espaldas, se giró y disparó tres veces con una sola mano.

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