En ese momento, Reynaldo acababa de salir de la regadera. Apenas llevaba unos minutos fuera.
Se dejó caer en el sofá con una actitud perezosa, cruzando las piernas una sobre la otra. Su mirada era distante, casi indiferente, como si el mundo a su alrededor no le interesara en lo más mínimo. La camisa blanca de diseñador le quedaba perfecta, acentuando su figura alargada. El cuello de la camisa estaba medio abierto, dejando ver un pecho marcado y musculoso que exudaba un aire sumamente seductor.
Con tranquilidad, encendió el cigarro que llevaba en la comisura de los labios. Inhaló profundo y soltó el humo en un aro suave, sin prisa. Solo entonces, giró la vista hacia el hombre de mediana edad que estaba parado frente a él y preguntó con voz calmada:
—¿Cómo va el asunto?
El hombre, de pie y con una actitud respetuosa, observó el semblante de Reynaldo y respondió con cautela:
—Vitalis Synth se negó.
La mano de Reynaldo, a punto de sacudir la ceniza del cigarro, se detuvo por un segundo. En sus ojos apareció una chispa de diversión.
—Vaya, qué interesante —sus labios dibujaron una media sonrisa, como si nada de esto le sorprendiera.
El hombre de mediana edad lo miraba, tenso, y de pronto recordó algo. Dudó un instante antes de atreverse a decir:
—Además de negarse, la persona que hoy entró a su cuarto… dijo… bueno, que Vitalis Synth solo acepta ser el jefe, no un simple seguidor. Que si algún día toda La Sombra del Amazonas quisiera obedecer a Vitalis Synth, tal vez entonces consideraría unírseles.
Reynaldo justo acababa de darle una calada al cigarro cuando escuchó a Anselmo. Tosió tan fuerte que hasta se le humedecieron los ojos.
Pasó un buen rato antes de que pudiera recuperar el aliento.
—Esa chava sí que no le tiene miedo a nada —se rio con un dejo de malicia—. No es grande, pero vaya que tiene ambición. ¿Ahora hasta pretende quitarme el puesto? Qué valor.
Anselmo no sabía en qué pensaba Reynaldo, pero estar ante él siempre lo tenía al borde del colapso. Tragó saliva y se atrevió a sugerir:
—Jefe, si Vitalis Synth no quiere cooperar, ¿quiere que les demos una lección?
Al recordar la frialdad con la que la chica se había plantado ante él —y el dolor punzante de la mordida de piraña en su piel—, Reynaldo curvó apenas los labios.
—No hace falta.
Luego, dirigió la mirada hacia Anselmo y preguntó:
—Por cierto, ¿cómo se llama?

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