Apenas dio la vuelta en la esquina, Paloma escuchó el chasquido de un látigo, seguido de un sonido desgarrador y los quejidos ahogados de un hombre sufriendo.
En la familia Vera, que la tía golpeara a alguien ya era cosa de todos los días. Aunque Paloma ya se había acostumbrado, no podía evitar que el miedo se le colara entre los huesos.
Con la garganta reseca, tragó saliva y avanzó, obligándose a seguir adelante.
—Tía... —dijo cabizbaja, con voz casi temblorosa.
Aunque ya tenía veintiséis años, en el fondo seguía sintiendo un terror profundo por esa tía suya.
La mujer frente a ella lucía labios rojos intensos y el cabello en ondas sueltas. Relajada sobre un sofá de cuero negro, tenía las piernas cruzadas y una actitud de autoridad absoluta; su porte era tan imponente como elegante, y nadie podría imaginar que estaba viendo a una mujer de treinta y ocho años.
Por más que la hubiera visto miles de veces, Paloma no podía evitar quedarse boquiabierta ante esa belleza impactante.
En ese momento, la mujer sostenía un cigarro delgado entre los labios; el humo formaba remolinos a su alrededor con cada exhalación.
Al oír la voz de Paloma, Aurora Vera endureció la mirada y le respondió con un tono de fastidio total:
—¿Quién te dio permiso para bajar, si no te lo ordené yo?
—¿Ya se te olvidó lo que te dije?
Apenas terminó de hablar, apretó la mano alrededor del látigo y, sin dudar, lo lanzó en dirección a Paloma.
La fuerza de Aurora era descomunal; la piel de Paloma se abrió al contacto y el dolor le arrancó un quejido apagado.
—Perdón, tía... —musitó Paloma, retorciéndose de dolor en el suelo, pero sin dejar de disculparse.
Aurora ni siquiera se dignó a mirarla y soltó con sorna:
—Inútil, ¿todo lo que te enseñé se te fue al olvido o qué?
Aguantando el ardor en la piel, Paloma se obligó a incorporarse. Solo entonces notó al hombre tirado junto a ella, todo cubierto de sangre, tan mal que parecía que apenas y respiraba.

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