En ese momento, dentro de la oficina, Emilio levantó la vista al escuchar el bullicio; en la puerta no solo estaba Sergio parado en el centro, sino un montón de personas amontonadas, asomándose con curiosidad.
Sergio, tras reponerse del susto, se quedó pálido. Por dentro pensó que había llegado justo en el peor momento, y encima había visto y escuchado cosas que no debía.
Solo esperaba que no “lo desaparecieran” por andar de metiche.
Con nerviosismo, Sergio se apresuró a disculparse:
—Perdón, Sr. Emilio, ahorita mismo me salgo.
En cuanto terminó de hablar, giró sobre sus talones y salió a toda velocidad, cerrando la puerta tras de sí.
Ahora, los que se habían quedado en sus escritorios tenían el chisme del día servido en bandeja.
—No cabe duda, el Sr. Emilio está vuelto loco por su hija. Hasta la voz le cambia de lo tierna que se le pone.
—Jamás me imaginé que el Sr. Emilio tuviera ese lado.
—Se nota que la adora, ¿no ven cómo le habla?
—¿A ustedes no les parece rarísimo el contraste entre él y su hija? Ella se ve tan dulce y calladita, uno pensaría que es de las que agachan la cabeza si las regañan, pero parece que el que se queda callado es el Sr. Emilio.
—Si no vi mal, hace ratito el Sr. Emilio estaba de pie y la señorita sentada.
—¡No manches! Ser hija del Sr. Emilio ha de ser lo máximo. ¿Será mucho pedir que en la próxima vida me toque nacer en esa familia y ser su hija?
...
Dentro de la oficina, tras el revuelo, Vanessa ya se había serenado del todo; su expresión había regresado a la normalidad.
Lo miró fijamente y preguntó:
—¿Tomaste esta decisión por lo que te dije?
Emilio negó con la cabeza.
—No tiene nada que ver contigo. Te lo dije antes: en esta vida solo tendré una hija, y eso fue decisión mía. Fui yo quien decidió operarse.
—¿No te da miedo arrepentirte después? —preguntó Vanessa sin apartar la mirada.

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