Al día siguiente, Ezequías reunió a todos los soldados en la plaza principal. En la pantalla gigante, proyectó un video con los recuerdos de su paso por el ejército: desde el primer día que se enlistaron hasta los entrenamientos más duros y los momentos más dulces y amargos que habían compartido.
Mientras veían las imágenes, algunos se reían a carcajadas recordando las travesuras y errores del pasado, otros no pudieron evitar taparse la cara y llorar al ver a sus compañeros que ya no estaban. Ezequías, al observar cómo sus soldados dejaban atrás esa actitud de autómatas y volvían a ser los mismos de antes, sintió un nudo en la garganta. Se giró rápidamente y, disimulando, se secó las lágrimas con la manga de la camisa. Luego, de pronto, levantó la voz con fuerza:
—¡Compañeros! ¿Todavía recuerdan cuál era nuestro sueño cuando empezamos?
Todos los soldados lo miraron y asintieron sin dudar, con una sinceridad que se sentía en el aire.
—Capitán, claro que sí, yo quería proteger a mi familia y a mi país.
—Yo quería seguir los pasos de mi hermano, que dio la vida por nuestra patria.
—Yo no tengo familia, ni padres ni nadie. Si no fuera porque el ejército me rescató de ese barrio lleno de criminales, seguro ya no estaría aquí. El ejército me salvó, así que mientras viva, mi vida le pertenece a este país. Si muero, mi alma también será de la patria. Juro que la voy a defender hasta el final.
—No tenemos otro sueño, solo queremos darlo todo por el país.
—Siempre voy a estar orgulloso de ser parte del Comando Cóndor.
...
Al escuchar a sus soldados, los ojos de Ezequías se pusieron rojos de la emoción.
—Bien hecho, todos ustedes son unos verdaderos guerreros —dijo con voz ronca, conteniendo las lágrimas.
De repente, subió aún más la voz, retumbando en toda la plaza:
—¡Compañeros! ¿Todavía recuerdan el juramento del Comando Cóndor?
Ezequías se irguió, acomodó su uniforme y, con voz firme y decidida, tomó la iniciativa:
—Juren conmigo.
Inspiró hondo, levantó el puño y recitó:
—Juro que soy parte del Comando Cóndor. Tengo el valor de un guerrero, tan afilado como una navaja. Mi sangre es mi orgullo. Juro lealtad absoluta a mi país y a su gente. Mi compromiso no cambia, ni ahora ni nunca.
Antes de que Ezequías terminara, todos los soldados, con una voz potente que estremecía el lugar, repitieron el juramento con una determinación que llenaba el ambiente.

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