Al llegar a la estación de policía, Vanessa explicó toda la situación a los oficiales y luego añadió:
—Oficiales, en mi celular tengo pruebas que pueden demostrar que soy inocente.
—No te hagas la víctima, mi hermana jamás mentiría. ¿Cómo podrías tener pruebas? —Marcelo la fulminó con la mirada, apretando los labios con fastidio, ya sin ganas de disimular su enojo.
Vanessa lo miró tranquila, y esbozó una pequeña sonrisa.
—¿Tú confías ciegamente en que tu hermana no miente, pero por qué piensas que yo sí tendría razones para mentir? Además, no tengo ningún motivo para empujar a Sofía.
Marcelo gruñó, incapaz de contener su rabia.
—¿Cómo que no tienes motivos? ¡Estás celosa de ella!
—Ja, ja, ja.
Vanessa alzó la cabeza y no pudo contener la risa.
—¿Celosa de Sofía? ¿Yo, Vanessa, que soy guapa, tengo talento y fui la mejor de la generación para entrar a la Universidad Santa Rosa del Valle? ¿Celosa de qué? ¿De que tiene la piel más oscura? ¿De que no destaca en nada? ¿De que no puede cargar ni una caja y ni siquiera sabe abrir una botella de agua? ¿O será que le tengo envidia porque no le da la cabeza para los estudios?
—¡Tú…! —Marcelo se atoró con las palabras, porque, aunque le ardiera aceptarlo, Vanessa no mentía.
Sofía, la verdad, no tenía ni la mitad del carisma, ni la simpatía, ni el físico de Vanessa. Y ni hablar de los estudios: Sofía apenas logró entrar en la universidad con el puesto cincuenta, mientras Vanessa fue la mejor de todas.
Marcelo, con la cara llena de molestia, se quedó callado un rato, hasta que soltó:
—Tú eres la novia de Ezequías, y Sofía es la consentida de Ezequías desde niños. Tus celos son completamente razonables.
¿Novia? A Vanessa le dieron ganas de soltar una carcajada.
Rodó los ojos sin disimulo.
—¿Quién dice que soy novia de Ezequías?
En cuanto dijo eso, tanto Ezequías como Marcelo se le quedaron viendo, sorprendidos.
Antes de que alguno pudiera decir algo, Vanessa miró a Ezequías, y sonriendo como solía hacerlo Sofía, aclaró:
—Para que quede claro, no soy novia de Ezequías. No lo soy ahora, no lo seré después, ni nunca lo seré.
—Y sobre lo de los celos, por favor, si algún día llegara a sentir celos, sería por alguien que de verdad me superara en algo, no por alguien que no está ni cerca.
Marcelo apretó los dientes, la cara se le puso roja de coraje.
—Ya, no te pases de lista.

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