La mirada de Vanessa titiló apenas un instante. Apretó los labios y musitó:
—No lo conozco bien.
Emilio echó un vistazo a su hija y de inmediato supo que no decía la verdad, pero no insistió. Conocía el carácter de Vanessa mejor que nadie; si no quería hablar, ni aunque le insistieran soltaría una sola palabra.
Durante el camino de regreso, Emilio no mencionó nada sobre Vitalis Synth. Sin embargo, fue la propia Vanessa quien sacó el tema.
—¿Te molestó que no te contara lo de Vitalis Synth? —al final, Vanessa preguntó lo que llevaba dándole vueltas en la cabeza.
Emilio se quedó quieto, sorprendido. No esperaba que su hija empezara a preocuparse por lo que él pensara. Se sintió emocionado y la alegría le asomó en el rostro.
—Claro que no, Vane. Esa es tu decisión. —El simple hecho de que su hija le diera importancia a su opinión ya lo tenía más que contento. Para Emilio, esto era señal de que, poco a poco, Vanessa comenzaba a aceptarlo. ¿Cómo podría culparla de algo así?
Los ojos de Vanessa parpadearon suavemente. Luego, sacó un documento del bolso y se lo pasó a Emilio.
—Este es el contrato para el Grupo Leyva.
Emilio lo tomó y le echó un vistazo rápido.
—¿Es la propuesta para los productos dermocosméticos? —ojeó algunas páginas al azar. Sabía bien que podía confiar en Vanessa, así que no se detuvo demasiado en los detalles.
Pero justo cuando estuvo a punto de cerrar el contrato, algo llamó su atención. Leyó de nuevo, se quedó boquiabierto y miró a Vanessa, sorprendido.
—¿Ganancias al cincuenta por ciento? Vane, esto es demasiado.
Como buen negociante, Emilio entendía perfectamente cuánto dinero generaban los productos de Vitalis Synth. Mucha gente haría lo que fuera por conseguir siquiera el veinte por ciento de esas ganancias. Con esa proporción, cualquier socio se pelearía por la oportunidad. Jamás se imaginó que Vanessa le ofrecería repartirlos a la mitad.
Emilio no quería aprovecharse de su hija, así que pensó en rechazar la oferta.
Pero en ese momento, Vanessa lo miró fijamente y, con una seriedad poco usual en ella, le dijo:
—Tú no eres como los demás.
Para ella, nadie podía compararse con Emilio.
Emilio se quedó helado. No sabía que ocupaba un lugar tan especial en el corazón de Vanessa.
La miró directo a los ojos, sintiendo cómo la alegría le llenaba el pecho. Al final, no dijo nada más.
Esas palabras le bailaban en la cabeza, trayéndole una calidez desconocida. Por primera vez en mucho tiempo, Emilio se sintió verdaderamente afortunado.
De pronto, Vanessa pareció recordar algo y sacó otro contrato, esta vez entregándoselo con decisión.
—Voy a crear una organización, se va a llamar Sangre y Lluvia. Quiero que el Grupo Leyva se una.
—¿Sangre y Lluvia? —Emilio se quedó desconcertado.

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