Apenas tuvo el pan en las manos, Vanessa lo rompió sin pensarlo dos veces y empezó a metérselo a la boca desesperada, sin importarle nada. La escena resultaba tan desoladora, tan llena de pena, que Alejandro sintió cómo algo en su pecho se apretaba.
A sus ojos, Vanessa siempre había sido lista, discreta y, aunque orgullosa, sabía cuándo guardar silencio y cómo asegurarse una salida antes de actuar. Para Alejandro, ella siempre había estado impecable, nunca la había visto así de derrotada, tan vulnerable.
Mirarla en ese estado le partía el alma.
No entendía cómo en sus sueños podía comportarse tan cruelmente con ella.
...
De repente, el escenario cambió. Alejandro parpadeó confundido y de pronto se encontró atado en la azotea de un edificio. Frente a él, Celeste y su hija Isabella lo miraban con una expresión gélida, y detrás de ellas esperaban varios tipos corpulentos, brazos cruzados y mirada dura.
Alejandro estaba amarrado al borde, suspendido sobre el vacío; un solo descuido y se iría directo al suelo.
Celeste, con la mirada clavada en Vanessa, no mostraba la menor preocupación por su padre.
—Vanessa, si quieres que tu papá siga vivo, tienes dos opciones: o te lanzas tú misma desde aquí, o me transfieres todas las empresas y bienes que tienes a tu nombre. Elige ya —soltó Celeste, su tono seco y cortante.
Alejandro seguía sin entender qué diablos estaba pasando, cuando escuchó la voz de Vanessa, temblorosa pero firme:
—Déjenlo ir. Estoy dispuesta a hacer lo que quieran conmigo.
Celeste e Isabella se miraron y soltaron una risa burlona.
—Perfecto. Tienes dos opciones, elige —repitió Isabella, relamiéndose los labios como si esto fuera un juego.
Todos esperaban que Vanessa eligiera la segunda opción, cederles todas sus empresas y bienes. Parecía lo lógico, lo que cualquiera haría.
Pero la respuesta de Vanessa sorprendió a todos.
—Elijo la primera.
Al decirlo, Vanessa miró a Alejandro, quien seguía atado en las alturas, y esbozó una sonrisa extraña, mezcla de tristeza y resignación.
—Si es lo que quieres, te lo doy todo —dijo ella, y sus palabras sonaron como una sentencia.
—Alejandro, ya te pagué todo lo que te debía. En la próxima vida, espero no volver a tener un padre como tú.
Sin dudarlo ni un segundo, Vanessa se volteó y se arrojó al vacío.
Alejandro presenció todo con el corazón encogido y el rostro desencajado.
Abajo, el suelo quedó teñido de rojo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rosas Renacidas con Espinas