Gonzalo y Marisol se miraron con gravedad, el semblante de ambos se ensombreció. Con voz solemne, dijeron:
—Aurora fue muy clara: solo quiere a Vane, no piensa adoptar a ningún otro niño.
El recuerdo de la nieta perdida pesaba sobre ambos, llenando la sala de un silencio doloroso.
Gonzalo vaciló un instante y, con incredulidad, se volvió hacia Marisol:
—¿Será posible que hayan encontrado a esa niña?
Marisol negó con la cabeza, la voz entrecortada:
—No lo creo, la hemos buscado durante tantos años y jamás dimos con ella.
Fue entonces cuando Paloma, que había estado callada, levantó la mirada y soltó:
—Es cierto, Vane apareció.
—Hace poco, mi tía y yo la vimos.
Lo que Paloma no mencionó fue lo rápido que su tía se había movido para buscar a Vanessa, viéndose con ella a espaldas de las demás. Ahora, al recordar la mudanza repentina de su tía, todo cobraba sentido.
Marisol, con los ojos enrojecidos, miró a Paloma entre la incredulidad y la esperanza:
—¿Es de verdad? ¿De verdad encontraron a Vane?
Gonzalo, aún con un poco de cordura después de tantas desilusiones de Aurora a lo largo de los años, preguntó con cautela:
—¿Le hicieron la prueba de ADN?
Paloma negó:
—No. Vane está muy a la defensiva, no acepta hacerse ninguna prueba y, la verdad, ni siquiera quiere que la relacionemos con nosotros.
—Aunque no lo reconozca abiertamente, estamos seguros de que es ella. Se parece tanto a la tía cuando era joven, es imposible que nos equivoquemos.
Marisol, a punto de llorar y con la voz temblorosa, se aferró a la noticia:
—Mientras la hayan encontrado, eso es lo que importa. Eso es lo más importante.
La pérdida de la nieta había marcado a toda la familia, hasta el punto de que su nombre se volvió un tema prohibido, un vacío en el corazón de todos.
Gonzalo preguntó entonces:
—Si ya la encontraron, ¿podríamos verla?
Sin dudarlo, Paloma respondió:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rosas Renacidas con Espinas