En ese momento, todos aguantaban la respiración, con el corazón latiendo a mil por hora.
Pero no pasaron ni cinco minutos cuando Vanessa se detuvo.
Bajó del auto despacio, con el rostro serio y la mirada fija en Océano.
—Alguien manipuló tu auto —anunció con voz grave—. Las pastillas de freno están desgastadas. Si hoy hubieras manejado unos kilómetros más, estaríamos hablando de tu funeral.
Océano, sin embargo, solo tenía ojos para su hermana. La miraba tan fijamente que ni siquiera procesó lo que ella acababa de decir.
Fue Iker, que estaba a su lado, quien lo jaló de la manga para hacerlo reaccionar. Entonces el rostro de Océano se tornó sombrío, la gravedad del asunto por fin cayendo sobre él.
Después de meditarlo un momento, Océano explicó con seriedad:
—Pero mi auto lo armó hace poco un equipo profesional. Todo es nuevo y de la mejor calidad. Además, es la primera vez que manejo esta unidad; es completamente nuevo, ¿cómo se van a desgastar las pastillas de freno en tan poco tiempo? —le preguntó a su hermana, con el ceño fruncido.
Vanessa, con total calma, soltó unas palabras que cayeron como cubetada de agua helada:
—Alguien te las cambió.
Luego, como si ya supiera la respuesta, echó un vistazo a Martín y su grupo, agregando:
—El desgaste no es extremo, lo suficiente para que pierdas la carrera pero no tanto como para que te mates.
Al escuchar eso, varios de los acompañantes de Martín se adelantaron, tan alterados que hasta temblaban al señalar a Vanessa.
—¡No digas tonterías! ¿Tú qué sabes de carros? Eres mujer, ¿no?
—¿Por decir que están desgastadas ya significa que lo están? ¿Dónde están tus pruebas?
—¡No te metas donde no te llaman! Lo que pase entre el señor Martín y el señor Océano no es asunto tuyo.
...
Vanessa los miró de arriba abajo, sin apresurarse a responder. Solo esperó a que terminaran de despotricar y, cuando al fin se callaron, esbozó una sonrisa cargada de ironía.
—Qué manera de alterarse —dijo con burla—. A este paso, cualquiera pensaría que ustedes mismos cambiaron las pastillas.
La reacción no se hizo esperar: el rostro de los amigos de Martín se transformó, y hasta Martín pareció darse cuenta de algo.
De pronto, Martín les lanzó una mirada penetrante y preguntó con voz dura:
—¿Fueron ustedes?
Los aludidos apretaron los labios y negaron con la cabeza, nerviosos.
—No, no fuimos nosotros.
—Martín, ¿cómo crees que podríamos hacer algo así?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rosas Renacidas con Espinas