En ese momento, Océano ya había dejado atrás la vergüenza que sintió hace un rato.
Miró a Vanessa con una seriedad poco común y soltó:
—Gracias, de verdad. Si no fuera por ti, hoy sí que estaría perdido.
Pensando en todo lo que acababa de pasar, Océano no pudo evitar sentirse aliviado. Si Vanessa no hubiera intervenido, seguro que para mañana todo el círculo de la alta sociedad de Santa Rosa del Valle estaría hablando de cómo tuvo que arrodillarse y llamar “papá” a Martín. Se habría convertido en el hazmerreír de todo el pueblo.
Vanessa sonrió y le contestó:
—No tienes que agradecerme, en serio. Fue algo que hice sin pensarlo mucho… Además, Martín también me cae mal.
Aunque ayudó a Océano a salir del apuro, eso no significaba que Vanessa tuviera el más mínimo interés en seguir tratándolo.
Apenas terminó de hablar, Vanessa jaló a David del brazo, lista para irse.
Pero justo en ese instante, Océano se puso nervioso y se apresuró a bloquearles el paso extendiendo los brazos:
—¿Me pasas tu contacto?
La mirada de Océano era tan insistente que Vanessa, resignada, terminó accediendo y abrió el código QR de su perfil de redes sociales.
Una vez intercambiaron contactos, Vanessa y David se marcharon sin mirar atrás.
...
Ya lejos, David por fin no pudo aguantarse más:
—Vane, ¿por qué lo ayudaste?
Solo de recordar cómo Océano no paraba de llamarla “hermanita”, David sentía unas ganas tremendas de ir, agarrarlo y cerrarle la boca.
En verdad no entendía por qué su hermana había decidido meterse en ese lío.
Vanessa bajó la mirada, mordió su labio y luego sonrió:
—La verdad, ni yo sé por qué.
Se detuvo un segundo, pensó y añadió:
—Simplemente no quería verlo arrodillándose ante nadie.
Fue solo eso: no quiso y ya. Ni ella misma encontraba otra razón.
David, notando que su hermana tenía una actitud distinta con Océano, guardó silencio. Un sentimiento amargo le llenó el pecho.
Apretó los labios, y con un dejo de celos soltó:
—Vane, ¿de verdad te gusta tanto ese Océano?

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