En ese momento, Aurora habló de pronto:
—¿Maximiliano?
Lanzó una carcajada burlona.
—Ah, ya me acordé. Es ese hijo adoptivo de la familia Flores, el que nunca ha hecho nada bien, ¿no? Escuché que puso una empresa en Nueva Alameda y quebró, por eso regresó todo avergonzado a Santa Rosa del Valle.
Como si acabara de recordar algo más, Aurora añadió:
—Hace poco hasta anduvo en tendencia en las redes, ¿no? Ese video, —chasqueó la lengua con desdén—, sí que estuvo fuerte. El videíto lo venden hasta en diecinueve pesos.
Celeste se quedó pálida, pero no se atrevió a contradecir a Aurora. Solo murmuró con voz apagada:
—Señora Aurora, no debería hablar así de mi papá.
Mientras decía esto, Celeste miró suplicante a Vanessa, que observaba la escena como si estuviera en el cine. Celeste la señaló con el dedo.
—¡Nada de eso es cierto! ¡Todo fue culpa de ella! ¡Fue ella quien me difamó!
—Señora Aurora, no le crea a Vanessa. Usted no sabe que ella antes fue la hija adoptiva de la familia Sánchez, era mi hermana. Siempre ha sido manipuladora y mala, desde chiquita me hizo la vida imposible. De hecho, una vez casi prende fuego a la casa para matarme. —Celeste miró directo a Aurora, con los ojos llenos de tristeza, intentando convencerla.
Pero no se dio cuenta de que los ojos de Aurora se volvían cada vez más cortantes.
En el siguiente instante, Aurora sin la menor compasión le agarró un mechón de cabello a Celeste y, de un tirón, la jaló con fuerza.
—¿Y tú quién te crees para hablar así de ella? —le soltó con una dureza que heló el ambiente.
Quedaba claro que Aurora había salido a defender a su hermana. Paloma y Océano miraron a Celeste con una mezcla de disgusto y emoción. Por fin estaba pasando lo que tanto esperaban.
Porque si había algo que Aurora no toleraba era que alguien hablara mal de su hermana. Ahora sí, esta mujer estaba perdida.
Acto seguido, Aurora, ante la mirada de todos, levantó su copa de vino tinto.
Nadie entendía qué iba a hacer, hasta que, unos segundos después, vació toda la copa sobre la cabeza de Celeste.
El maquillaje cargado que Celeste llevaba ese día se desmoronó por completo con el vino. Su verdadero aspecto quedó al descubierto, y el contraste con el maquillaje era brutal.
Todos la miraban con desagrado.
—Sin maquillaje se ve horrible —comentó alguien.
—Yo, siendo hombre, tengo la piel más clara que ella. A saber cuántas capas de maquillaje traía antes —soltó otro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rosas Renacidas con Espinas