En ese momento, Maximiliano estaba ocupado haciendo relaciones con algunos empresarios del lugar.
No muy lejos de ahí, Isabella platicaba animadamente con varias señoras.
Isabella era el centro de atención, rodeada de elogios y sonrisas falsas. Por fin, después de tanto esfuerzo, saboreaba el placer de sentirse admirada.
La familia Flores era la más poderosa de Santa Rosa del Valle. Aunque Maximiliano no era hijo de sangre de Armando, sino adoptado, Armando lo consentía como si fuera suyo.
Con el respaldo de la familia Flores y su nuevo título de esposa de Maximiliano, Isabella sentía que, de ahora en adelante, cualquiera tendría que llamarla señora Flores, sin excepción.
Isabella se mantenía sentada con porte elegante, disfrutando cómo las otras mujeres se acercaban una tras otra, ofreciéndole brindis y halagos, casi haciéndola sentir que estaba en el paraíso.
—Señora Flores, su piel está increíble, parece un tamal recién hecho, tan suave y lisita.
—Si tiene tiempo, deberíamos ir juntas a hacernos un facial, ¿qué le parece?
—Señora Flores, ese collar suyo me fascina desde hace tiempo. Lástima que mi esposo dice que está carísimo, no me lo quiso comprar. Qué envidia tener un esposo tan generoso como el suyo.
—Señora Flores, escuché que tiene una hija. ¿Ella ya tiene novio?
—Si no es así, ¿qué tal si la presento con mi hijo? Podrían conocerse.
...
Isabella, por primera vez en mucho tiempo, disfrutaba sentirse el centro del universo. Aprovechó para lucirse, adoptando una actitud altanera, sabiendo que todas la miraban.
De repente, unos hombres de mediana edad se acercaron apresurados. Isabella creyó que venían a saludarla, así que les sonrió discretamente, segura de su posición.
Pero los hombres ni la miraron. Se dirigieron directo hacia las señoras que estaban con Isabella.
De manera casi coordinada, cada hombre tomó a su esposa del brazo y la apartó.
En un abrir y cerrar de ojos, Isabella se quedó sola en medio del salón.

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