Al escuchar que Celeste mencionó a un amigo, todos en la sala asumieron que se refería a la persona que vendía la Píldora de Vida. Incluso Armando y Ricardo, padre e hijo, también pensaron lo mismo. Las miradas que le lanzaban a Celeste cambiaron de inmediato, cada una con una mezcla de sorpresa y recelo.
Si antes Celeste era solo la hija adoptiva de la familia Flores, ahora, gracias a esos contactos suyos, nadie podía darse el lujo de subestimarla. Es más, muchos pensaron que sería mejor tratarla con respeto, por si algún día llegaban a necesitar una Píldora de Vida.
Después de todo, nadie podía garantizar que en su familia nunca habría alguien enfermo. Si llegaba el momento de buscar esa medicina milagrosa, Celeste podría ser su única esperanza.
Ricardo miró a Celeste, poniéndose una máscara de tío cariñoso, muy diferente a su actitud distante de antes.
—Vaya, no pensé que Celeste tuviera ese tipo de conexiones. Fui un tonto al no prestarte atención antes, ¿me vas a guardar rencor, sobrina? —aventó, tratando de sonar amable.
El cambio de Ricardo dejó a Celeste extasiada; ella negó con la cabeza mostrándose generosa.
—Claro que no, tío. Somos familia, ¿cómo podría enojarme contigo?
Celeste jamás imaginó que una sola Píldora de Vida podría provocar que todos cambiaran su actitud hacia ella. Sonrió con satisfacción, sintiendo por fin que se desquitaba de todo lo que había aguantado antes.
En ese momento, Armando se acercó, tomó la mano de Celeste y le dio unas palmaditas, como si estuviera conmovido.
—Mira nada más, qué nieta tan dedicada y buena eres —dijo, con una calidez inesperada.
Luego, mirando a Maximiliano e Isabella, señaló:
—A partir de ahora, ¿por qué no te mudas con tus papás a la casa de la familia Flores? Vivan aquí con nosotros.
Celeste no podía creer lo que escuchaba. Su sorpresa era tan grande que se quedó sin palabras.
—¿Qué pasa? ¿No quieres? —insistió Armando al ver su silencio.
Celeste reaccionó enseguida y asintió varias veces.
—¡Claro que quiero! Abuelo, me encantaría vivir aquí.
Mudarse a la casa de la familia Flores significaba recibir el mismo trato que Marcelo y Sofía. ¿Cómo iba a rechazar esa oportunidad?
Dicho esto, Celeste cerró la caja que sostenía y se la entregó a Armando, pero de repente, unas manos aparecieron de la nada y arrebataron la caja.
La expresión de Celeste y Armando cambió al instante.
Todos los presentes quedaron atónitos por el giro inesperado y fijaron su atención en Vanessa, quien sostenía la caja.

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