Ricardo frunció el ceño y preguntó:
—Celeste, ¿es cierto lo que ella dice?
Celeste negó con la cabeza al instante.
—No es cierto, tío.
Luego, miró a Vanessa con el enojo pintado en la cara y soltó:
—Todas las pastillas de vida se ven igual, ¿por qué aseguras que la que yo tengo es justo la que tú regalaste? ¡Eso es una calumnia!
Al escuchar a Celeste, varios asintieron, pensando que su argumento tenía sentido.
Un hombre del grupo se adelantó.
—Sí, señorita Leyva, la señorita Celeste tiene razón. Todas las pastillas de vida que se venden se parecen, aunque de verdad le hayas regalado una a alguien, no puedes asegurar que sea esta.
Vanessa miró a ese hombre y esbozó una leve sonrisa.
—La señorita Celeste siempre ha dicho que esta pastilla de vida se la dio una amiga, pero no puede probarlo. Yo sí tengo pruebas de que esta pastilla es mía.
Apenas terminó de hablar, Vanessa le entregó la pastilla de vida al hombre que había hablado antes.
Él la tomó, sin entender muy bien lo que pasaba.
En ese momento, Vanessa añadió:
—Señor, hoy le toca ser testigo.
Vanessa miró a todos con firmeza y dijo palabra por palabra:
—Debajo de esta pastilla de vida están grabados cuatro números: 0156.
El hombre, intrigado, abrió la cajita, tomó la pastilla con cuidado y vio los números grabados debajo: 0156, tal como Vanessa había dicho.
Atónito, levantó la vista y anunció a todos:
—La señorita Leyva tiene razón. Aquí se ven claramente grabados los números 0156.

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