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Secreto de mi esposo ciego romance Capítulo 287

Camila estaba hambrienta. Mientras Dámaso se bañaba, ella se escabulló para buscar comida en la nevera.

Francisca dejó algunos bollos de crema y pasteles en la nevera para ella.

Se comió uno, y la rica nata montada le devolvió la energía al instante.

—¿Qué estás comiendo?

Dámaso llevaba un pijama con el pecho al descubierto. La sensualidad visual y su seductora voz eran una combinación letal. Uno no podía evitar embriagarse con su voz grave y sus abdominales de ocho.

Camila tembló al escuchar su voz.

Habían hecho el amor tantas veces que ella apenas podía mantenerse en pie. Sin embargo, su voz parecía indicar que...

Camila sólo se había puesto su camisa blanca antes de bajar corriendo las escaleras.

Como Dámaso era más grande y alto que ella, su camisa era lo bastante larga como para llegarle casi a las rodillas.

Al mismo tiempo, se había recogido el cabello, dejando mechones sueltos sobre la clavícula. Abrió mucho los ojos. El asombro era evidente en su cara de muñeca.

También tenía grumos de nata montada blanca en las comisuras de los labios.

Dámaso reprimió su enfado por su huida. Le limpió la nata montada de los labios con los dedos.

—¿Qué es esto?

Camila le miró los dedos.

—Es nata montada. —Añadió un momento después—: Es dulce.

Dámaso probó la nata montada en su dedo sin dudarlo.

—Sí, es dulce.

Luego, la aprisionó contra la nevera y la miró fijamente a los ojos.

—Es tan dulce como tú.

Camila frunció los labios.

—Yo... no soy dulce. —Hizo una pausa y añadió—: No soy tan dulce como la nata montada.

—¿Ah no?

Dámaso le abrió de golpe la camisa y volcó la caja de pasteles sobre su cuerpo.

Trozos de nata montada cayeron sobre su suave piel.

La nata montada se sentía fría en su piel, ya que los pasteles acababan de sacarse de la nevera.

Camila no pudo evitar estremecerse.

—Maridito, estás siendo un derrochador.

Incluso en ese momento, seguía preocupada por ser derrochadora y no tenía ni idea de lo que le ocurriría a continuación.

Su inocente respuesta hizo que los ojos de Dámaso se oscurecieran.

—Maridito, Maridito, Maridito, Maridito...

...

Camila no tenía ni idea de cómo había superado aquel día.

A la mañana siguiente, se despertó sin fuerza y trató de recordar lo sucedido. Por desgracia, sus recuerdos estaban hechos jirones. No recordaba más que el rostro cincelado de Dámaso.

En resumen... Fue un día salvaje.

A Camila le temblaban las piernas al levantarse de la cama.

Después de lavarse, volvió a la cama y se recostó, refunfuñando para sus adentros.

«Estoy condenada. Hoy tengo otra clase adicional de matemáticas. No he podido estudiar. Peor... tengo que faltar a clase otra vez. ¡Todo es culpa de Dámaso!».

Se golpeó las piernas con rabia, refunfuñando sobre Dámaso.

Toc, toc...

Alguien llamó a la puerta. Era Francisca.

—Señora Lombardini, ¿está despierta? El Señor Lombardini me pidió que le preparara una sopa nutritiva. ¿La quiere ahora, o la caliento más tarde?

Camila apretó los labios y se frotó el estómago.

—Francisca.

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