Pensé que estaba preparada para lo que Erik tenía que decirme, pero realmente no lo estaba.
Me senté en el asiento delantero, no como la futura Luna ni como la pareja de Gavin, sino como una amiga de Erik.
Y las amigas no se sientan atrás mientras los amigos conducen. Además, era evidente que Erik necesitaba hablar, y era imposible hacerlo si no yo podía mirarlo a la cara.
Guardó silencio casi todo el camino, con los nudillos blancos de tanto apretar el volante. Yo ya estaba emocionalmente agotada por todo lo que había pasado en el día, de hecho, estaba al límite. Pero decidí que no iba a esperar a que él se decidiera a hablar. De una forma u otra, iba a sacarle la verdad.
—¿Vas a contarme qué demonios fue todo eso allá adentro? ¿O prefieres que se lo diga a Gavin para que te lo saque él?
Tensó la mandíbula. —Esto no tiene nada que ver con él...
—Es el padre de Irene —dije fríamente, mirándolo de lado—. La hiciste enojar, y quiero saber por qué no debería ir con él ahora mismo.
—Porque soy tu amigo, y no me harías eso.
—Soy su pareja, y no debería ocultarle nada que tenga que ver con su familia —repliqué, entornando los ojos—. Así que más te vale convencerme de lo contrario.
Apretó los labios, conteniendo algo que no sabía si era rabia o miedo.
—Él intentará mantenerla alejada de mí si se entera de la verdad... —murmuró al fin. En su voz se coló una vulnerabilidad que me partió el alma, al punto de que quise consolarlo, quizá era mi instinto maternal.
—Por cómo ella te miraba, diría que mantenerla lejos no sería una mala idea...
Él soltó una respiración entrecortada.
—No puede hacer eso —dijo, tomando aire—. Ella es mi compañera, y la amo...
Mi corazón se detuvo. Sabía que eso era lo que había escuchado antes, lo sospechaba, pero no entendía cómo podía ser posible algo así.
—Perdón, ¿acabas de decir que ella es tu compañera?
Él soltó el aire, rindiéndose ante mi insistencia.
—Sí —susurró—. Ella es mi compañera. Pero no sé qué hacer... ni siquiera me da la hora. ¡No es justo que me quiten a mi compañera por culpa de esos idiotas! No debí esperar tanto, debí reclamar lo que era mío en cuanto cumplió dieciocho.
Lo escuché con atención, asintiendo de vez en cuando, sonriendo en ciertos momentos.
—Cuando cumplí dieciocho, ella tenía catorce. Recibí a mi lobo, y mi lobo era extremadamente protector con ella. En ese momento supe que estaba destinada a ser mía. Pero la ley de los hombres lobo me prohibía decírselo… no podía saberlo hasta que al menos cumpliera dieciocho años. Así que esperé. Cumplió dieciocho… pero no obtuvo a su lobo.
Fruncí el ceño; no tenía idea de que Irene no había recibido a su lobo al cumplir la mayoría de edad.
—No tenía idea de eso —dije, casi sin pensarlo.
Asintió. —Fue así… no lo obtuvo, pero tiene sangre Landry, así que sabía que eventualmente lo haría, y esperé… no quería decirle algo tan importante sin que ella estuviera lista. Sin embargo, éramos más cercanos de lo que dos simples amigos deberían ser.
—Siempre seguimos en contacto, a pesar de que yo pasé años en la universidad, él último año antes de graduarme, me dijo que se sentía más segura conmigo que con nadie, y yo quería gritarle que era porque estábamos destinados...
—De alguna manera, ella también debió sentirlo, incluso sin su lobo —murmuré.
Él asintió. —Eso pensaba yo también, pero cuando regresé de la universidad, ya graduado… ella tenía diecinueve, y no podía dejar de hablar de un tipo que había conocido...

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