El trayecto a casa transcurrió en silencio. Gavin mantenía una mano en el volante y la otra descansando en mi pierna, anclándome de un modo que nada más podía. Yo miraba por la ventana, viendo cómo se difuminaban los árboles al pasar, intentando ignorar el tenue zumbido bajo mi piel.
Aquella extraña sensación aún reposaba en lo más profundo de mi pecho; era como si una energía se hubiese instalado en mis huesos, desperezándose tras un largo letargo.
—Estás callada —señaló Gavin, echándome un vistazo antes de volver la vista al camino.
Pensé en contarle sobre la sensación que experimenté con Meg; que pareció querer arrastrarme a su mente, y que casi cedí. Pero no quería que Eliza, estando en el asiento trasero, oyera nuestra conversación. No era algo que deseara que todos supieran… o al menos no hasta lograr descifrar qué significaba.
—Fue duro verla así —admití.
No era del todo mentira; aquella era la mujer que habría asumido como mi madre… de no haber descubierto poco antes que me cambiaron al nacer y que en realidad era una Blackwell, no una Churchill… a pesar de todo, quizás mis pensamientos no habrían sido tan diferentes.
No podía explicar realmente el vínculo que sentía hacia ella… pero existía, y era intenso. Era como si siempre hubiera estado destinada a encontrarla, a saber quién era, aunque no fuese mi verdadera madre.
Pero entonces, ¿eso significaba que estaba conectada con Lila de algún modo?
¿Qué quería decir todo aquello?
Cuando por fin entramos en el camino de acceso, el alivio me invadió. Al fin estábamos en casa, un lugar familiar y seguro.
Dejamos a Eliza en la casa de la manada antes de llegar a la Villa. Irene fue la primera en acercarse a nosotros al cruzar la puerta principal.
—¿Papá? Judy…—nos saludó mientras bajaba el último escalón, luego suspiró—. ¿La encontraron?
Ambos asentimos; Gavin apretó su agarre en mi cintura y me atrajo hacia sí.
—La encontramos —confirmó—. La llevarán a la clínica de Eliza, donde podremos vigilarla. Ha estado en coma durante veintitrés años.
—Es mucho tiempo —susurró ella.
Parecía cansada, algo habitual en ella últimamente. Llevaba jeans casuales y un suéter, su cabello suelto no tenía productos que lo hicieran brillar o verse liso. No, su cabello lucía natural, algo encrespado en unas partes, como si acabara de levantarse. Y apenas usaba maquillaje.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo al suegro de mi ex