Punto de vista de Judy
De algún modo, estaba de vuelta en mi dormitorio, pero no era la habitación que compartía con Gavin en la villa, ni la que ocupaba en la mansión. Sino el cuarto de mi infancia en casa de mis padres. Llevaba el mismo pijama que siempre usaba de niña, el de florecitas en el pantalón, con una camiseta rosa a juego, sin mangas.
Aún me quedaba, pese a haber crecido. Mi cabello estaba en un moño despeinado, y al bajar la vista a mi vientre, noté que ya no estaba embarazada. Mi corazón se hundió ante la vista y mi mano voló a mi estómago, intentando sentir al bebé que ya no estaba.
El cuerpo me tembló por el miedo y los nervios, el corazón me dolió ante la vista.
Mi bebé… ya no estaba.
Parecía como si nunca hubiera estado embarazada.
Lágrimas quemaban mis ojos mientras el pánico se apoderaba de mí.
Estuve a punto de gritar llamando a Gavin, pero vi una sombra bajo la puerta, y supe que alguien estaba afuera, a punto de entrar. Rogué con toda mi alma que fuera Gavin, porque lo necesitaba, tenía que saber qué pasó con nuestro bebé.
El picaporte giró, y la puerta se abrió despacio. Me levanté de la cama y corrí hacia ella, esperando que fuera mi compañero. Lo necesitaba, las lágrimas picaban en mis ojos, y abrí los brazos para arrojarme a él.
Pero en cuanto se abrió la puerta y no vi a Gavin, me detuve en seco.
Era una mujer que no reconocí, pero santo cielo, era deslumbrante. Tenía un largo cabello rubio y los ojos azules más intensos que hubiera visto, con pestañas oscuras muy largas y pómulos tan afilados que cortaron cualquier tensión en la habitación. Era alta, con un vestido blanco reluciente que ceñía su figura delicada.
Su piel era de porcelana, casi luminosa, la comisura de sus labios carnosos y rosados estaba elevaba en una sonrisa. Sentí una calma inmediata ante su presencia, pero el pensamiento de que mi bebé ya no estaba en mi vientre bastó para mantenerme anclada.
—Hola, Judy Montague —me saludó la mujer, con una voz suave y casi musical, que me generó una extraña calidez, como ninguna voz lo había hecho antes, ni siquiera la de mi compañero.


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