Punto de vista de Judy
Me sorprendió la cantidad de miembros de la manada que aparecieron esa noche. Muchos llegaron al bar para demostrar su apoyo, y no eran solo mujeres… también había hombres. Integrantes tanto de la manada Luna Roja como de Creciente plateado se presentaron.
Hubo viejos y nuevos amigos, también aquellos de los que ni siquiera pensaba que conocían mi nombre. Fue una despedida de soltera que jamás podría olvidar, por muy borracha que estuviera.
Olivia no fue la única que me pidió disculpas y me dijo que me quería como su Luna, muchos me hacían reverencias a diestra y siniestra. A tal punto que me abrumaron las emociones, y al final de la noche no podía dejar de llorar.
—No puedo creer que siga llorando —le susurró Irene a Erik y Nan mientras volvíamos al coche al final de la noche… bueno, técnicamente ya era de madrugada.
—Llevémosla a la casa de sus padres para que duerma la borrachera. Gavin nos matará si mañana se siente mal por la resaca —dijo Erik, con tono preocupado.
—Sí, está realmente borracha —comentó Nan, mordiéndose el labio inferior como si reprimiera una risa—. Menos mal que somos hombres lobo y nos recuperamos rápido de la embriaguez.
—No cuando alguien ha bebido tanto como ella—replicó Erik, arrugando la nariz—. Deberíamos llevarla a casa para que duerma.
—Déjame limpiarle la cara y el maquillaje corrido —susurró Irene, y sentí el calor de su pañuelo en la mejilla mientras borraba las lágrimas persistentes y el maquillaje deshecho.
Solo podía imaginar cómo debía verme en ese momento. Al siguiente día me casaría, por la Diosa; no era así como debía lucir una Luna. Sería la Luna del territorio más vasto del mundo y estaba a punto de convertirme en la esposa de Gavin Landry. Mis emociones andaban desbocadas; sin mencionar que aún estaba sensible tras haber tenido un bebé.
—Vamos, Judy —dijo Nan, rodeándome con un brazo—. Estás demasiado ida para estar de pie, siéntate en el coche y respira hondo.
Para ser honesta, ni siquiera era consciente de que seguía de pie. Lo había pasado de maravilla esa noche con mis amigos y con otros con los que no esperaba disfrutar tanto, hasta compartí unas risas con Olivia. Parecía sincera al pedir perdón, y como pronto sería su Luna, acepté sus disculpas.
Me sentía muy mareada; los chupitos de tequila y todo lo demás que había bebido a lo largo de la noche me golpeaban con fuerza en ese momento. No había probado una gota de alcohol desde antes del embarazo, y aun entonces no bebía mucho, siempre había sido un peso ligero.
Probablemente no debí haber bebido tanto antes de mi boda.

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