Mis mejillas ardían, pero mi loba me instaba a ir con él, porque por mucho que yo le perteneciera... él también era mío.
—Bueno, supongo que hasta aquí llegaremos —señaló mi padre, girándose para mirarme—. Estoy muy orgulloso de ti, Judy. Tanto tu madre como yo lo estamos, e incluso si no eres nuestra hija biológica... siempre serás nuestra pequeña.
Acunó mi rostro con su cálida mano y me besó la frente. Cerré los ojos, disfrutando del calor y el consuelo familiar que me ofrecía mi padre. Sin importar lo que pasara, él seguía siendo mi padre y yo lo adoraba.
—Siempre serás mi padre, pase lo que pase —le aseguré—. Nadie podrá reemplazarte, jamás.
Él sonrió con lágrimas brillando en sus ojos, luego se apartó y le hizo un gesto a Zachary; quién tan pronto como me giré hacia él, me rodeó con sus brazos.
—Sé que no he estado en tu vida... pero ten por seguro que... sigues siendo mi hija, y haré todo lo que pueda para mantenerte a salvo y protegida —me aseguró Zachary—. Ahora eres una Blackwell... lo que significa que tendrás la protección de la familia hasta el fin de los tiempos. Si alguna vez necesitas algo, acude a mí, ¿lo entiendes?
Solté una risa ahogada y asentí.
—Sí, gracias —le dije—. Desde el fondo de mi corazón.
Él sonrió, luego me dio un empujoncito en el brazo con el suyo.
—Ahora, ve a casarte —dijo, después se volvió hacia Gavin, entrecerrando los ojos y señalándolo con el dedo—. Si alguna vez le haces daño... te daré caza, Landry. No pienses que solo porque somos socios comerciales no tomaré represalias en tu contra.
Gavin sonrió con suficiencia mientras me atraía hacia sus brazos, rodeándome con tal fuerza que parecía no querer soltarme jamás.
—Nunca le haré daño —le aseguró Gavin—. Tienes mi palabra. No voy a dejar ir a Judy, pase lo que pase, ella es mía.
Zachary sonrió y su postura se relajó.
—Bien —cedió, dando un paso atrás—. Eso es lo que quería escuchar.
Solté una carcajada.

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