Para el tercer día, Nicolás ya andaba haciendo berrinches por toda la casa.
En la Residencial Las Palmas solo contaba con la compañía de Lily. Su papá llevaba ya tres días enteros sin poner un pie en casa, y él quería ir al hospital para estar con su mamá Mariana, ¡pero su papá se lo tenía prohibido!
Nicolás ya había llegado a su límite, se sentía furioso y herido, aunque en el fondo de su corazón lo que en verdad lo consumía era el miedo.
Desde que había vuelto del hospital hace unos días, casi todas las noches lo atormentaban pesadillas donde veía a sus papás cargando a un bebé recién nacido, mientras él se quedaba completamente solo, parado en algún rincón.
Esa noche, Nicolás otra vez tuvo pesadillas.
En el sueño no paraba de gritar "papá, mamá", pero ellos actuaban como si no existiera.
Se despertó de un sobresalto. La lámpara de noche seguía prendida, pero el cuarto se sentía vacío.
El miedo lo invadió, abrazó fuerte el peluche que Valeria le había regalado antes y se puso a llorar desconsoladamente hasta que el sueño lo venció otra vez.
A la mañana siguiente, Lily preparó el desayuno como de costumbre y subió a despertar a Nicolás.
Tocó con delicadeza la puerta, la entreabrió y dijo:
—Nicolás, el desayuno ya está servido, hora de levantarse...
¡Se le cortó la voz de inmediato!
Lily corrió hacia la cama, vio que estaba vacía y, por un momento, quedó paralizada.
—¿Nicolás?
Lily gritó a todo pulmón su nombre mientras se precipitaba al baño para revisar. El baño estaba vacío, entonces salió disparada a buscarlo por toda la casa.
—¿Nicolás? Nicolás, ¿en dónde te metiste? ¡Contéstame, por favor! ¡No me hagas esto!
Lily registró desesperada cada rincón del piso de arriba, luego bajó como loca a revisar toda la planta baja, ¡pero no halló ni rastro de Nicolás en ningún lado!
Se apresuró a revisar las grabaciones de las cámaras de seguridad.
Finalmente, descubrió que Nicolás había salido de su habitación a las seis y diez de la mañana, cuando todavía estaba oscuro.


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