En la oficina del doctor se encontraban Lucas, Santiago, Emilio y el psicólogo que estaba tratando a Mariana.
El ambiente era bastante muy tenso.
—Por lo que hemos podido observar hasta el momento, el estado psicológico de la señorita Ortega ya es crítico. Según lo que usted nos contó, señor Rodríguez, mi diagnóstico inicial es que la señorita Ortega presenta amnesia psicogénica, que podría estar vinculada con la depresión o tal vez sea consecuencia del tumor que tiene en el cerebro.
El psicólogo volteó a ver a Emilio.
—Doctor Guerrero, usted es el especialista en oncología, ¿cuál es su opinión?
Emilio carraspeó un poco.
—Aunque me especializo en tumores, el caso de la señorita Ortega es bastante complicado, y además no soy neurólogo. Con lo que tenemos hasta ahora, no puedo precisar qué está provocando con exactitud la pérdida de memoria de la señorita Ortega.
Al escuchar eso, Lucas volteó a mirar a Santiago.
—¿Qué piensas hacer ahora? —Su expresión era severa, con un aire de autoridad—. Mariana ya no puede recibir más golpes emocionales. Sinceramente, creo que la amnesia no es lo peor, pero en cuanto al tumor que tiene...
Lucas hizo cara de pocos amigos.
—No me importa lo que tenga que gastar, ¡voy a conseguir que Mariana se cure!
Ella tenía un tumor cerebral. Por sus características, tal vez era maligno.
Es decir: tenía cáncer de cerebral.
—El tumor está ubicado en una zona muy delicada. —Emilio sostuvo la radiografía examinándola una y otra vez, su expresión cada vez más preocupante—. Si operamos, el riesgo es altísimo, es muy posible que ni siquiera sobreviva a la cirugía.
—Si no la operamos —Santiago miró a Emilio, sus ojos oscuros y brillantes imposibles de descifrar—, ¿cuánto tiempo le quedará de vida?
—¡¿Cómo puedes decir semejante barbaridad?! —Lucas se puso de pie de inmediato, listo para golpear a Santiago.
—¡Tranquilo! ¡Cálmese!
—Director Ortega, no se exalte, solo estamos analizando todas las opciones del caso.
Emilio y el psicólogo se apresuraron a contener a Lucas.
Santiago mantuvo la cabeza agachada todo el tiempo, sin mostrar ninguna reacción ante la actitud agresiva de Lucas.
Él fulminó a Santiago con una mirada llena de odio.
—Mariana te dio un hijo sin ni siquiera tener un lugar oficial en tu vida, Santiago. Si tienes algo de conciencia, no deberías abandonarla en un momento tan crucial como este. Ese niño no es...
—Emilio —Santiago interrumpió a Emilio y levantó la vista hacia Lucas—. No tienes ningún derecho a entrometerte en los asuntos entre Mariana y yo. No creas que por ser el supuesto hermano de Mariana puedes controlar su vida, ¡los Ortega no tienen esa autoridad!
—¡Tú! —Lucas apretó furioso la mandíbula—. Nosotros la criamos, ¿cómo no vamos a tener derecho a opinar?
Santiago lo observó con frialdad.
Esa mirada estaba cargada de desprecio.
—Lucas, es mejor que haya perdido la memoria. —Santiago se levantó y se acomodó la chaqueta del traje—. Ahora solo recuerda lo bien que los Ortega la trataron, para ti eso también es conveniente.
Lucas arrugó la frente, y en su mirada apareció algo extraño. Santiago ya no le prestó más atención, abrió la puerta de la oficina y se marchó sin mirar atrás.
Emilio hizo una leve inclinación hacia Lucas y el psicólogo, se dio la vuelta y siguió a Santiago.
***
En la azotea del hospital, el viento soplaba con fuerza.
Emilio tenía las manos en los bolsillos de su bata, encogió los hombros por el frío.
—¿En serio planeas casarte con Mariana?


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