—Por celular es lo mismo —dijo Valeria con severidad.
La verdad no quería volver a ver a Santiago para nada. Pero él se mantuvo firme.
—Esta noche tomé, así que no saldré. Ven a Residencial Las Palmas.
Después de decir estas palabras, cortó la llamada.
Valeria agarró con fuerza el celular.
Lina preguntó preocupada:
—¿Qué dijo?
—Que vaya a Residencial Las Palmas a buscarlo, que hablemos cara a cara.
—¡Qué desgraciado! —Lina se enfadó—. Lo está haciendo a propósito, ¿verdad? La vez pasada dijiste que nunca más volverías a ese lugar, y ahora él insiste en que vayas ahí para negociar las condiciones. ¡Qué tipo tan rastrero!
Valeria cerró los ojos tratando de calmarse.
La última vez que fue a Residencial Las Palmas las cosas terminaron muy mal.
Frente a Santiago le había dicho a Nicolás que no volvería más a Residencial Las Palmas.
Santiago seguro guardaba un profundo rencor por ese tipo de cosas. ¡La estaba forzando a tragarse palabra por palabra todo lo que había dicho!
Ese era el verdadero estilo de Santiago.
—Valeria, ¿vas... a ir?
—Sí —Valeria mostró una fuerte determinación—. Ya hice el papel de tonta durante cinco años, ¿qué importa una vez más?
Lina se sintió dolida e impotente.
—Te acompaño, él solo dijo que fueras, ¡no dijo que no pudieras llevar a nadie!
—Sí, perfecto.
Las dos se pusieron de acuerdo, pagaron la cuenta y salieron del salón privado. Justo en ese momento, se abrió también la puerta del salón de al lado.
De pronto, el pequeño Nicolás salió corriendo y saltando...
Valeria y Lina se detuvieron en seco. Encontrarse con el niño en este lugar las tomó por sorpresa.
Nicolás no las había visto, llevaba un transformer en las manos, corriendo y saltando, sin darse cuenta de que un mesero empujaba un carrito con comida justo delante de él...
El carrito llevaba sopa hirviendo, el mesero vio a Nicolás y gritó alarmado:
—¡Quítate de ahí!

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