Cerca de las nueve, ya habían terminado de empacar casi todo.
En ese momento, Santiago llamó por teléfono. Valeria dejó lo que tenía en las manos y contestó.
—Hoy regreso a San Aurelio. —Se escuchó desde el otro lado.
Ella respondió, con tono neutro:
—¿Entonces vamos por el certificado de divorcio esta tarde o mañana?
—Esta tarde me queda difícil.
—Valeria, ¿quieres llevarte estos libros? —Se escuchó la voz de Rafael desde la sala.
Ella volteó y respondió:
—Llévalos todos.
—Perfecto, entonces los empaco, aunque algunos también los tengo en mi casa, esos mejor no los llevamos, ¿verdad?
Ella asintió.
—Está bien.
Del otro lado, Santiago preguntó:
—¿Te estás mudando?
Ella arrugó la frente.
—Eso no es algo que te deba importar. Si no tienes tiempo esta tarde, entonces mañana por la mañana.
Él ignoró sus palabras y siguió preguntando:
—¿Te vas a ir a la casa de Rafael?
—Santiago, no tengo por qué hablarte sobre mis asuntos privados. —Ella perdió la paciencia. Su tono se volvió frío—. Ya cumplí con las condiciones que pusiste, espero que seas una persona de palabra. Mañana a las nueve de la mañana, en el registro civil.
Del otro lado, él guardó silencio. Después de un rato, por fin respondió:
—Está bien.
Al escuchar su respuesta, Valeria se tranquilizó y colgó el teléfono.
***
Desde Los Almendros hasta la residencia de Rafael había unos veinte minutos en auto.

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