Nicolás al escuchar esto, no pudo evitar arrancar a llorar.
—Nicolás.
Santiago le hizo señas.
—Ven acá.
Nicolás se sorbió la nariz y caminó hacia Santiago.
—Papá.
Santiago le acarició la cabeza.
—¿Recuerdas lo que papá te dijo?
Nicolás asintió.
Papá le había dicho que cuando viera a mamá tenía que llamarla tía, así mamá no se enojaría.
Pero pensaba que llamarla tía sonaba muy extraño.
¡Es que no podía decirlo!
Santiago se daba cuenta de que Nicolás todavía se resistía mucho a cambiar cómo la llamaba.
—Entra primero.
Nicolás asintió, cabizbajo, se dio vuelta y caminó hacia adentro de la villa.
—Necesita un poco de tiempo —Santiago miró a Valeria—. Dale un poco más de tiempo.
Valeria ya estaba harta de escuchar eso.
De cualquier manera en unos días se iría de San Aurelio, después probablemente no volvería a ver ni a Santiago ni a Nicolás.
Ya no importaba si Nicolás cambiaba cómo la llamaba.
—Me voy exactamente a las cinco —dijo Valeria con frialdad.
—La niñera está adentro.
Valeria entró a la villa.
En la sala, la mujer joven que estaba jugando con Nicolás armando bloques levantó la cabeza al escuchar ruido. Al ver a Valeria y Santiago, se puso de pie inmediatamente.
—Señor Rodríguez —la mujer llevaba el cabello en cola de caballo, vestía ropa casual gris claro y sus modales eran elegantes.
Después de saludar a Santiago, volteó hacia Valeria con ojos grandes, claros y brillantes, su cara de muñeca se veía muy amigable.
—¿Usted es la señora Rodríguez? —la mujer sonrió mostrando dos hoyuelos adorables—. Me llamo Dulce.
Dulce.
Valeria vio la cara dulce e inofensiva de la mujer y pensó que realmente le hacía honor a su nombre.

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