Del otro lado del celular, la voz de Mariana sonaba nerviosa: —¿Descubriste algo?
—Encontré un celular en el estudio de mi papá, solo tiene un número guardado, con el nombre de Amanda.
—Lo sabía... —la voz de Mariana se quebró—. Perdón, Andrés, en realidad traté de aconsejar a mi mamá, le dije que no fuera tan ambiciosa ni destruyera familias ajenas, pero no me hace caso para nada. Cuando insisto demasiado, hasta me golpea...
—No es tu culpa —Andrés escuchaba el llanto de Mariana y le dolía el corazón—. Mariana, te llamo porque quiero preguntarte algo: si yo tomo medidas contra tu mamá, ¿me vas a guardar rencor?
—¿Qué derecho tengo de guardarte rencor? —Mariana respondió entre sollozos—. Mi mamá es la que está mal, tú eres mi amigo. Ya es mucho que no me culpes.
—Mariana, no llores más —dijo Andrés—. Sé que tú eres diferente a tu mamá. Has sufrido tanto en casa de los Ortega, me da dolor verte así, ¿cómo te voy a culpar por lo que hace tu madre? Te llamo solo para saber cuál es tu posición.
—Andrés, hagas lo que hagas, lo voy a entender.
—Perfecto, entonces concéntrate tranquila en tu trabajo.
—Está bien.
Después de colgar, Andrés contactó a un detective privado.
***
Tres días después, Alejandro, que estaba en la frontera, recibió un conjunto de fotografías y varios videos.
Los abrió para verlos.
En las fotos aparecía Amanda.
Amanda y un hombre en actitudes muy íntimas.
Las fotos no mostraban el rostro del hombre, pero se podía apreciar por su vestimenta y el reloj de lujo en su muñeca que se trataba de alguien con mucho dinero.
Luego abrió los videos...
El rostro del hombre estaba censurado, pero el de Amanda no.
Alejandro la miró en el video, sus ojos se enrojecieron de furia.
***
San Aurelio, diez de la noche.
Hotel de cinco estrellas, sótano.
Se abrieron las puertas del ascensor, Amanda salió caminando con tacones altos, bolsa en mano, moviendo las caderas sensualmente.
Acababa de separarse de Camilo, y en su bolsa llevaba una tarjeta con quinientos mil dólares y un collar de joyas de gran valor.
Amanda estaba de muy buen humor, caminaba con tacones de aguja tarareando una canción hacia donde había estacionado su auto.

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