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Señor Rodríguez, la señora declara que ya no dará marcha atrás romance Capítulo 295

—¡Los compro! —Rafael se rio—. ¡Me quedo con todos tus dibujos!

—¡Ay, qué emocionante, pero vas a tener que esperar tantito más!

Rafael arrugó la frente.

—¿Por qué?

—Seguro que el abuelo y la abuela también van a querer comprar. —Paz alzó las cejas—. ¡Al que me ofrezca más de ustedes tres, a ese le vendo!

Rafael no sabía si reír o llorar.

Perfecto, unos cuantos meses sin verla y se había vuelto muchísimo más astuta.

Rafael contempló a la pequeña con esa expresión tan pícara, sintiendo cierta amargura en el pecho.

¡Esa malicia definitivamente la sacó de su padre biológico!

Entre más lo meditaba, más se irritaba. ¡Una niña tan encantadora y resultaba ser hija de Santiago!

Pero pensándolo bien, tal vez era bueno que la niña tuviera esa chispa de inteligencia, así cuando fuera mayor no sería como su madre, tan ingenua que cualquier sinvergüenza la podría engañar.

Rafael alzó a Paz en brazos y se dirigió hacia donde había dejado el auto.

Ni se percató del Mercedes estacionado en la acera no muy lejos de donde estaban.

Al ver alejarse el vehículo de Rafael, Daniel le preguntó a Santiago:

—Señor Rodríguez, ¿los seguimos?

—Ya no hace falta. —Santiago entrecerró los ojos y se frotó las sienes—. Primero atendamos los asuntos urgentes.

—Entendido, señor.

***

Valeria necesitó únicamente un día en Puerto Sereno para resolver todas las cuestiones laborales.

Compartía numerosas perspectivas con el creador de DigiDraw Studio.

El rumbo general ya estaba establecido, los pormenores del proyecto y los aspectos técnicos se irían puliendo gradualmente.

Al llegar al aeropuerto, mientras revisaba los horarios de vuelos, recordó que al día siguiente sería el cumpleaños de Paz, y su corazón se estremeció de nueva cuenta.

Cuatro años habían transcurrido.

Jamás había vuelto a San Aurelio para visitar a su hijo.

Era tan pequeño, ¿acaso no sentiría temor estando solo en el panteón de los Rodríguez?

Durante cuatro años se había mantenido alejada, pero ya era suficiente.

Valeria compró un boleto en el próximo vuelo hacia San Aurelio.

Tras cuatro horas de travesía, el avión descendió en el Aeropuerto Internacional de San Aurelio.

Valeria abandonó el aeropuerto, abordó un taxi y se encaminó hacia el cementerio de los Rodríguez.

Durante el trayecto, contactó a Emilio por teléfono.

Él respondió de inmediato.

—¿Y ese milagro?

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