Yolanda la regañó con la mirada. —¡Soy una jubilada sin nada que hacer, qué cosas podría estar escondiéndote! Ja,ja,ja….
Valeria seguía sintiéndose algo inquieta. —Mamá, si hay algo que necesitas contarme, no te lo quedes guardado.
—No pasa nada, mi niña si hubiera algo mamá te lo contaría de inmediato.
Yolanda sonrió complacida. —Valeria, lo más orgulloso y satisfactorio de mi vida es poder tener una hija como tú. Soy incompetente, te hice irte tan joven de casa para vivir en el campo con tu abuelo, por suerte tu abuelo te crio muy bien.
—Mamá, no hables así —Valeria se entristeció—. Simplemente no tuviste alternativa. Aunque me mandaron lejos, cada mes venías a escondidas de los Núñez a visitarme, lo sé, en tu corazón sufrías mucho por mí.
Yolanda le tocó cariñosa la cabeza. —Valeria, ahora solo deseo que puedas ser feliz y plena, no importa qué decisiones tomes, siempre te voy a apoyar.
Valeria la miró desconcertada, sintiendo cierta intranquilidad.
—Mamá, mantente tranquila —levantó la mano para sujetar la de su madre que le acariciaba la mejilla, con cariño la apretó con fuerza—. Mi taller está progresando a pasos agigantados, voy a ganar mucho dinero, después de Año Nuevo pienso comprar una mansión junto al río, allá el patio es grande, ¿no te gusta cultivar flores? Entonces, podrás plantar todas las flores que quieras en el patio, también construiremos un estanque para criar peces... Si te gusta, también podemos tener un perro o un gato, en resumen, ¡todo lo que te guste, te ayudaré a hacerlo realidad!
Yolanda escuchó complacida las palabras de su hija y casi podía imaginar lo hermosa que sería esa vida. Vio a Valeria con los ojos llenos de ilusión, no tuvo el corazón de decepcionarla, solo y sonrió. —Hija eres muy buena, solo de escucharte me emociono.
Valeria miró a su madre y sin saber por qué, una inquietud inexplicable de pronto surgió en su pecho. Casi por instinto, extendió los brazos para abrazar a su madre, apoyó la cara en su hombro. —Mamá, abrázame.
Yolanda quedó inmóvil un momento, luego levantó las manos para abrazarla, con tono algo resignado: —¿Qué te pasa? ¿Ya tan mayor y aún actúas como niña mimada?
—¡Aunque llegue a los setenta u ochenta años seguiré siendo tu hija! —dijo Valeria infantilmente—. Sabes tienes que vivir hasta los cien años, ¡así cuando tenga ochenta años seguiré siendo una niña que tiene el cariño de su mamá!


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