Santiago no le respondió, simplemente preguntó:
—¿Acabas de regresar de emergencias?
—¡Exacto! —Emilio se acercó y se acomodó en el sofá frente a Santiago. Su imponente figura se relajó contra el respaldo—. Estoy destrozado, lo sacamos de las manos de la muerte. Un minuto más y ya no habría nada que hacer.
Santiago sintió una punzada en el pecho al escuchar estas palabras.
—¿Tan grave estaba?
—¿Qué esperabas? Sangrado interno. Logramos estabilizarlo, pero va a necesitar varios días en terapia intensiva...
—¿Sangrado interno? —Santiago cortó a Emilio de manera abrupta, fijando su mirada intensa en él. Su sombría mirada parecía albergar una tormenta indescriptible.
En ese preciso momento, Emilio tenía los ojos cerrados, sobándose su adolorido cuello, ajeno por completo al cambio de actitud de Santiago.
—Así es, ayer estaba perfecto y hoy de la nada le pasó esto. Por eso siempre digo que hay que apreciar cada momento de nuestra vida, porque nunca sabemos si nos va a tocar primero un accidente o un nuevo día. Justo como mi paciente...
—¿Dónde está?
Emilio lo miró sorprendido.
Abrió los ojos y se sobresaltó al ver la expresión tétrica de Santiago.
—Oye, ¿qué te sucede?
—Sangrado interno, ¿quién lo golpeó? —La voz de Santiago sonaba fría como el hielo, con una furia imposible de ignorar.
—¿Golpeado? —Emilio se incorporó, observando a Santiago como si hubiera perdido la razón—. Hermano, estamos hablando de un señor de ochenta años, ¿quién se atrevería a tocarlo?
Santiago quedó petrificado.
—¿Un señor mayor? —Hizo mala cara mientras sus puños se relajaban —. ¿El paciente que acabas de atender es...?
—¡Mi paciente de siempre! —Emilio pensó que Santiago se estaba comportando muy extraño—. Mira, ¿por qué te interesa tanto un anciano de ochenta años? Mejor preocúpate por saber por qué te anduve buscando en la mañana, ¿no crees?
Santiago se quedó callado, pero ahora miraba a Emilio con evidente fastidio.
Esa penetrante mirada dejó a Emilio mucho más desconcertado.
—Santiago, ¿se puede saber qué te pasa? ¡Estás actuando muy raro! ¿Acaso no contestaste mi llamada porque te metiste en algún problema serio? ¿En qué andabas tan ocupado? ¿Tienes idea de que...? ¡Oye! ¿Te largas sin dejarme terminar? Santiago...
Sin pensarlo, la puerta de la oficina se abrió y se cerró de un portazo.
Emilio se quedó viendo la puerta cerrada, mientras murmuraba diciendo:
—Qué extraño este tipo...
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En el cuarto del hospital, Valeria acababa de recobrar la conciencia.


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