Los pasos se alejaron poco a poco, Mariana bajó la cabeza y suspiró aliviada en completo silencio.
Santiago se quedó mirando hacia la puerta, con un semblante sombrío.
Mariana levantó la vista para observarlo, sin poder adivinar lo que pensaba.
—¿Santiago?
Santiago volvió en sí y la miró.
—La señorita Núñez estaba muy preocupada, por eso dijo cosas tan duras. No te enojes —dijo Mariana mostrando una expresión comprensiva—. Ahora solo espero que encuentren pronto a Yolanda. Ya casi es Año Nuevo, Yolanda también...
—¿Ayer no le dijiste nada a Yolanda?
Santiago interrumpió las palabras de Mariana, sus ojos oscuros se veían indescifrables mientras la miraba fijamente sin pestañear.
Mariana quedó asombrada, al encontrarse con su mirada escrutadora, se le encogió el corazón enseguida.
—Santiago, ¿qué quieres decir con todo esto...? ¿Acaso desconfías de mí?
Él entrecerró los ojos, observando atento esa cara aparentemente inofensiva de Mariana, con un tono indiferente le dijo:
—Solo necesito que me respondas si le dijiste algo a Yolanda.
—Yo... —Mariana retrocedió instintiva un paso, con cierta confusión en la cara.
Santiago era abogado, había estudiado psicología.
Mariana sabía muy bien que en ese momento no podía simplemente negarlo todo. Si Santiago le preguntaba, significaba que ya sospechaba. Si seguía negando, después él estaría en guardia contra ella.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Perdóname, ella me preguntó de quién era hijo Nicolás... yo, no me atreví a mentir.
Después de escuchar estas palabras, Santiago se puso muy serio
—Mariana, antes de regresar al país, me prometiste que no revelarías la verdadera identidad de Nicolás.
Mariana quedó estupefacta.
—Nicolás es mi límite —Santiago endureció completamente la cara—. Esta vez te equivocaste. Vete.
Mariana lo negó entre lágrimas.
—Me equivoqué, Santiago. En realidad, no fue a propósito revelar la verdadera identidad de Nicolás. Yolanda me presionó con preguntas, temí que fuera a decirle cosas raras a Nicolás, también estaba nerviosa...
—Regresa a casa —Santiago se dirigió directo hacia el ventanal, dándole la espalda.
Evidentemente, no quería escuchar más explicaciones al respecto.
Mariana apretó los labios, se quedó parada viendo su espalda. Las lágrimas cayeron desbordadas, se dio la vuelta para salir.
Justo al llegar a la puerta, se sintió débil y se desmayó.
—¡Señorita Ortega!
Miguel gritó alarmado y corrió despavorido hacia ella.
—Señor Rodríguez, la señorita Ortega se desmayó.
Santiago se detuvo en seco, luego caminó a paso largo, se agachó y cargó a Mariana.


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