—¡Nicolás!
Santiago se acercó mirando a Nicolás con seriedad.
—No está bien cómo le estás hablando. Pide disculpas.
—¡Pero si no he dicho nada malo! —Nicolás se defendió algo molesto—. Mamá Mariana se lastimó, ¡y mamá se está desquitando con ella solo porque está de mal humor!
La expresión de Santiago se ensombreció al instante.
—Nicolás, discúlpate ahora.
Nicolás hizo un gesto de repente. Aunque le tenía miedo a Santiago y no quería seguir discutiendo, no se atrevía a decir ni una sola palabra más.
¡Pero pedir perdón tampoco!
Mariana se puso de pie y se acercó cojeando hasta donde estaba Nicolás. Le tocó la mejilla con ternura.
—Nicolás, no debiste hablar así. Anda, pídele perdón a tu mamá Valeria.
Nicolás, a regañadientes, agachó la cabeza en silencio.
Valeria observaba todo con una indiferencia indescriptible.
En el instante en que Nicolás salió en defensa de Mariana, algo se enfrió dentro de ella.
Estaba tan desilusionada que ni siquiera tenía ganas de molestarse.
Su mente estaba ocupada pensando en el horario que el sacerdote del templo Monserrat había calculado para su madre.
Valeria desvió la vista y se volteó para colocar una vez más el retrato de su madre en su sitio.
Después de girarse de nuevo, con una mirada tranquila le dijo a Santiago:
—Hay que respetar a los muertos. Ya vinieron, ya hicieron su teatro, ahora váyanse.
—¿Está todo listo para el funeral? —preguntó Santiago—. Si necesitas ayuda con algo, solo dímelo.
—Sí, necesito algo. —Valeria lo miró y señaló la puerta—. Que agarres a tu mujer y a tu hijo, y se larguen.
La cara de Santiago se oscureció.
Pero esta vez permaneció en silencio, solo la miró fijamente.
Después de unos segundos, tomó la mano de Nicolás.
—Vámonos.
Al oír esto, Mariana rápidamente tomó la otra mano del niño y le dijo a Valeria con voz suave:
—Señorita Núñez, nos vamos entonces. Lamento mucho su pérdida.
Tras decirlo, incluso le hizo una reverencia muy cortés.
A Valeria todo esto le dio asco. Se volteó para no tener que verla por más tiempo.
Santiago llevaba a Nicolás hacia la salida, pero el niño volteaba a verla cada tres pasos.
Sin embargo, Valeria le dio la espalda y ya no lo miraba.
Nicolás sentía que su mamá había cambiado, que ya no le importaba.
No podía entender el por qué la mamá que antes siempre lo ponía primero, ahora ni siquiera se dignaba a mirarlo.
Una vez que los tres se marcharon, Valeria se masajeó las sienes que le palpitaba sin cesar.
Lina se le acercó con ojos llenos de compasión.
—¿Te encuentras bien? Si no puedes más, mejor siéntate por un buen rato.
Valeria le agradeció, verificó la hora y dijo:
—Ya casi es el momento. Avísales a los encargados que se preparen para ir al cementerio para el entierro.
Lina obedeció. Cuando iba a buscar a los trabajadores, de pronto entraron varias personas.
Una corona tras otra empezaron a llegar sin parar.
Lina quedó atónita.
—Pero ¿qué... qué está pasando?


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Señor Rodríguez, la señora declara que ya no dará marcha atrás