Daisy Ayala no dudó ni un segundo en rechazar la petición de Oliver Aguilar.
—Lo siento, pero este asunto no es negociable.
A Oliver no pareció molestarle. De hecho, se reclinó en su asiento con aire despreocupado y dijo con un tono tranquilo y distante:
—Quizás deberías escuchar mis condiciones antes de responder. ¿Y si es una oferta que no puedes rechazar?
Daisy lo miró fijamente durante un par de segundos y luego relajó el ceño.
—De acuerdo, hablemos.
Al oírla, Oliver soltó una risita burlona. Era casi un gesto de desprecio.
Incluso Vanesa Espinosa, a su lado, curvó sus labios rojos en una mueca de desdén.
Pero a Daisy no le importó.
Solo quería saber qué tan lejos llegaría Oliver esta vez por Vanesa, qué condiciones tan generosas estaría dispuesto a ofrecerle.
Una negociación de este tipo, naturalmente, debía llevarse a cabo en privado.
Al levantarse, Oliver le dio una palmada en el hombro a Vanesa. Un claro gesto para tranquilizarla.
—Vuelvo enseguida.
Vanesa adoptó una actitud muy comprensiva, como si confiara plenamente en su relación con Oliver.
—Tú negocia tranquilo.
Sin embargo, cuando Daisy salía de la habitación, le lanzó una mirada cargada de desprecio.
¿Y qué si a Mario Aguilar le gustaba ella?
Para Oliver, ella, Daisy, ¡no era nadie!
A él solo le importaba Vanesa.
Ella apenas había mencionado de pasada que quería romper su récord y convertirse en la persona que más rápido lograba que una empresa cotizara en la bolsa de San Martín, y Oliver ya se estaba moviendo por ella.
Contactó personalmente al señor Keller de Nexo Digital para adelantársele a Daisy y arrebatarle el acuerdo justo antes de que firmara.
Oliver llevó a Daisy a otro reservado donde un camarero ya había preparado el té.
Sobre la mesa había varias bandejas con pastelillos exquisitos.
Entre ellos estaban unos macarons que habían sido muy populares unos años atrás. Cuando estuvieron de moda, eran muy difíciles de conseguir.
En aquel entonces, para recompensar a los empleados del Grupo Prestige que habían estado trabajando sin parar para la salida a bolsa de la filial, Daisy fue de madrugada a hacer fila en la pastelería.
Pero los pastelillos eran de edición limitada, así que no guardó ninguno para ella.
Al final, fue Ada Rojas quien, incapaz de seguir viendo la situación, le dio la mitad de su caja.
A Daisy le parecieron deliciosos y compartió la anécdota con Oliver.
Él estaba ocupado en ese momento y no respondió a su mensaje.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Siete Años para Olvidar