—Oli, espérame en el coche un momento, voy a comprar un amuleto.
Él también quería mejorar su suerte en el trabajo.
Luis fue bastante eficiente; regresó con el amuleto en apenas diez minutos.
Principalmente, no quería que Oliver esperara demasiado y se molestara.
Al subir al auto, Luis le preguntó a Oliver:
—¿Vamos directo al hospital a ver al señor Aguilar?
—Ajá.
Oliver respondió con un gruñido afirmativo y cerró los ojos, sin decir más.
Luis ya estaba acostumbrado, así que condujo hacia el hospital en silencio.
En ese momento, Camila también iba camino al hospital.
Al bajar de la montaña, la Abuela Castaño se había quejado de una opresión en el pecho.
Como ya tenía antecedentes médicos, Camila, preocupada, insistió en llevarla a urgencias para un chequeo y quedarse tranquila.
Después de examinar a la anciana, los médicos dijeron que la opresión se debía a la presión alta; recomendaron a los familiares observarla y volver si había novedades.
Camila no vivía con la Abuela Castaño todo el tiempo, así que debía informar a Pedro sobre estas precauciones.
Sacó el número de celular de Pedro de la lista negra y marcó.
Le contestaron rápido.
Pero antes de que pudiera hablar, sonó la voz de Jimena al otro lado:
—Camila, ¿buscas a Pedro? Fue a recoger mis radiografías.
Camila guardó silencio un instante y preguntó:
—¿En qué hospital estás?
—En el Hospital San Martín, ¿por qué?
—Qué coincidencia, yo también estoy en el San Martín. Voy a verte. —El tono de Camila era inquietantemente tranquilo.
Jimena se quedó callada.
Camila colgó, le dio unas indicaciones a Vanesa, que cuidaba a la abuela, y se dirigió directo a traumatología.
Cuando llegó, Pedro aún no había vuelto y Jimena estaba sola en la habitación.
Había mandado a Salma fuera para estar a solas con Pedro.
Tal vez porque se sentía culpable, a Jimena se le borró el color de la cara al ver a Camila.

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