Soraya perdió algo de tiempo comprando el equipo de grabación y buscando al detective privado, así que, para cuando llegó a casa, ya eran las siete de la noche.
Al empujar la puerta, la expresión en el rostro de Soraya se enfrió centímetro a centímetro mientras clavaba la mirada en el sofá de la sala.
Ahí estaba Patricia, recostada cómodamente con un cojín entre los brazos y las piernas subidas al sofá.
Y Marco estaba sentado a su lado, con su habitual rostro frío y distante ahora suavizado por una leve sonrisa.
Ambos parecían estar contando algún chiste gracioso, pues la sala entera resonaba con sus risas.
Soraya se quedó parada en la entrada, sintiéndose como la intrusa que venía a arruinar esa estampa de felicidad doméstica.
El viento se coló por la puerta abierta, alertando a los dos ocupantes del sofá de que había alguien más. Ambos voltearon al mismo tiempo.
Al ver que era Soraya, el ambiente cálido de la sala se congeló al instante y las risas cesaron de golpe.
Patricia se puso de pie, le dedicó una sonrisa dulce a Soraya y la saludó con descaro.
—Señorita Díaz, ya regresó. Qué pena, vine a su casa sin pedir permiso, espero que no le moleste.
—En mi casa no eres una extraña, no te preocupes.
Sin dejar que Soraya respondiera, Marco tomó la palabra de inmediato. Con una mirada inusualmente suave, le indicó a Patricia que se sentara.
Luego, Marco miró a Soraya y su expresión se tornó gélida.
—Soraya, Paty no está bien de salud. No me quedo tranquilo sabiendo que vive sola en el sur de la ciudad, así que se quedará aquí una temporada. Te mandé mensaje en la tarde, pero no contestaste.
¿Qué estaba diciendo Marco?
¿Que Patricia iba a vivir en la casa?
¿Para cuidar su embarazo?
No lo estaba consultando con ella; se lo estaba notificando.
Se le había acabado la batería al celular, por eso no vio el mensaje. Pero aunque lo hubiera visto, ¿qué habría cambiado? Una vez que él tomaba una decisión, era una orden.
Meter a su amante a vivir bajo el mismo techo que su esposa, y encima esperar que ella, la señora de la casa, la atendiera.
No podía creer que esas palabras salieran de la boca de Marco.

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