Habían pasado dos años desde que Luciana se había casado con Maximiliano Oliveros, y las cosas no habían cambiado mucho. Seguía siendo, en apariencia, la señora de la mansión, pero en realidad la trataban como a una simple sirvienta.
Cuando intentó hablar con su esposo sobre esto, él nunca la escuchó, así que pensó que lo mejor era dejar las cosas como estaban. Ya que estaba más que segura de que, si le contaba cómo la trataban su madre y sus hermanos, él no le creería.
Por eso decidió que lo mejor era proponerle que vivieran solos, solo ellos dos. Además, su hermano le había regalado un bonito apartamento como regalo de bodas, y esa sería la excusa perfecta para plantearle la idea de mudarse allí.
Por ese motivo, aquella mañana se levantó muy animada. Pues era la primera vez que la familia Oliveros la invitaba a uno de sus paseos familiares que hacían cada mes, y estaba casi segura de que lo hacían porque su esposo, esta vez, sí iba a acompañarlos… o porque necesitaban a alguien que les sirviera, como siempre había sido.
Desde que se habían casado, Maximiliano era el único que nunca asistía a esas actividades, dado que siempre estaba ocupado con su trabajo. Y si él no pudiera ir esta vez, estaba convencida de que ni siquiera la habrían invitado. Pero en ese instante, eso no le importaba.
Pues, según su suegra, no la llevaban con ellos porque ella debía encargarse de los empleados y poner orden como la señora de la casa. Pero no era solo vigilarlos, como decía Verónica, sino que era hacer oficio, como una sirvienta más en esa mansión.
Y por eso ella tenía que quedarse y cuidar de cada detalle de la casa, como siempre lo hacía, pues según su suegra, esa era la tarea de la anfitriona. Y como se había casado con el hijo mayor, le tocaba asumir todas esas responsabilidades.
Luciana sabía que todo eso no era más que una excusa para que se cansara y se divorciara de Max. Pero si creían que se rendiría tan fácilmente, era porque no conocían lo persistente que podía ser Luciana Herrera cuando deseaba algo con todo su corazón.
Aunque no le gustaba para nada aquella labor —porque sabía muy bien que todo era una mentira—, seguía haciéndola. Pues su madre era la dueña y señora en su hogar, y jamás la vio hacer lo que a ella le tocaba soportar a diario.
Incluso sus calificaciones en la universidad habían bajado bastante, ya que no le quedaba tiempo para estudiar ni para hacer las tareas. Y si no fuera por Alexia, que siempre le daba copia, de seguro habría perdido los últimos semestres.
Pero aun así lo hacía, porque quería que su esposo viera hasta dónde era capaz de llegar solo por estar con él.
Sin embargo, él no parecía ver todos los esfuerzos que ella había hecho desde que se casaron, y no entendía por qué, si trataba tan bien a Olivia, no era capaz de mostrarle el mismo cariño a ella.
Ya habían pasado más de dos años desde su matrimonio con Maximiliano, y ninguno de ellos parecía preocuparse por su bienestar, ni siquiera su propio esposo, que solo llegaba a dormir, pues siempre salía muy temprano y regresaba demasiado tarde. Toda su atención y afecto se lo dedicaba a Olivia. Y lo peor era que todos sabían que Olivia era la mujer que su suegra había preparado desde siempre para casarse con él. Y, por lo que se le veía a él, también parecía estar de acuerdo con ese matrimonio.
Antes de irse, Luciana llamó a su hermano y le dijo que estaba muy feliz, ya que por fin iba a celebrar el primer cumpleaños de su esposo, y ya sabía cuál sería su regalo.
Estaba convencida de que a Maximiliano le encantaría, porque sabía que era un coleccionista de monedas, y justo esa que su hermano había conseguido era la que él llevaba tiempo buscando para completar su colección. Lo sabía mejor que nadie, porque en una ocasión lo había escuchado hablar por teléfono sobre ella.
Luego, ella preguntó por sus padres y su abuela. Él le respondió que estaban bien, aunque muy preocupados por ella, ya que desde que se había casado con Maximiliano, casi no la veían, y las pocas veces que los visitaba, siempre estaba apurada.
—Siempre es lo mismo —dijo su hermano—, apenas llegas, tu suegra te llama por cualquier motivo, como si no quisiera que estés con tu familia.
—No te preocupes por mí, hermano, estoy muy bien con mi esposo —respondió Luciana con una sonrisa en los labios, convencida de que todo aquello solo eran celos de su hermano por ya no vivir con ellos.
Axel, al escuchar a su hermana que no sonaba tan feliz, solo le dijo:
—Ya sabes, si algún día decides divorciarte, hazlo y vuelve a casa. Sé que te casaste por complacer a la abuela y evitar que yo rompiera con Marcela. Pero estoy seguro de que ella lo entenderá, porque para nuestra abuela lo más importante es nuestra felicidad… y yo sé que tú no eres feliz en esa familia.

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